SE le escapaban de entre los dedos, como arena de playa, los instantes preciosos.
Sentía entonces, constantemente, que los momentos que vivía no eran plenos, que siempre le faltaba algo para sentirse segura.
Aquella sensación se había convertido en un modo de ver y vivir su vida. Era, por así decirlo, su manera de estar en el mundo.
Desde pequeña había tenido una irresistible vocación artística, que, con su tesón y la inestimable ayuda de sus padres, dio el fruto de que pudiese dedicarse a lo que más le gustaba: cantar sus propias canciones.
Encima del escenario era ella, tal cual: sin obsesiones, sin inseguridades, sin miedo alguno a crecer, con deseos de ver la vida desde lo alto, mecida por una suave brisa de primavera.
Entonces, cuando cantaba lo que ella era, se fundía con el peso del aire y ya no había en su cabeza más notas discordantes.
El tiempo que duraba el concierto era feliz, con esa felicidad de los niños que juegan sin prisa, olvidados de sí mismos y del paso de las horas.
Pero los días previos a la actuación su inseguridad se acentuaba. Tenía entonces pesadillas terribles: alguien le acercaba el micrófono y se le caía de las manos (otras veces era un bebé el que impactaba contra las tablas); mientras cantaba, un hombre horrible y borracho le gritaba “¡Puta!” en un bar de carretera o el escenario se hundía, arrastrando a todos los músicos al fondo de una sima sin final.
El trayecto del hotel al escenario era terrible porque, en esos minutos, se le representaban, aumentados, todos los miedos que agitaban sus sueños.
Pero, al fin, lograba salir de la pesadilla (es sabido que todas las historias son historias de redención): alguien le acercaba el micrófono y ella, aferrada al mástil de su guitarra (arma cargada de futuro) salía a pecho descubierto a cantar su vida.
Miles de voces la acompañaban.
Entonces, en aquellos momentos mágicos, únicos, recordaba sus comienzos en el bar de carretera en el que tuvo que poner en su sitio a aquel imbécil; o el día en que el guitarrista y ella, medio borrachos, tropezaron y cayeron de espaldas (y hubo que suspender el concierto para llevarlos al hospital); o las caras de felicidad del personal de una pequeña sala de conciertos, en la que ella cantaba grandes éxitos de los ochenta hace ya una eternidad, temas con los que no se identificaba plenamente; o las miradas de deseo de algunos babosos, los cigarros en la puerta en los descansos, algún que otro beso furtivo…
Cuando cantaba, veía su vida como en una película, porque sus canciones eran, verdaderamente, el modo en que se apropiaba de la realidad.
Todo esto piensa mientras sale ahora, una vez más, al escenario.
En una mano, el mástil de su guitarra, arma cargada de futuro.
Su otra mano, calmada, acaricia su vientre, que atesora la promesa de una nueva vida.
Mira hacia arriba y allá, en lo alto, las nubes, mecidas por una suave brisa de primavera, escriben, con calma amorosa, mensajes de Dios para quien se pare a leerlos.
Todo es color de rosa.

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