Atacarían por la mañana temprano, cuando la ciudad se revolviese en el duermevela del amanecer, agitada por el calor y el canto de las chicharras.
Las amazonas habían llegado a Sevilla en los barcos que Colón había embarrancado en Cuba en su primer viaje tras un terrible enfrentamiento entre los españoles (que pretendían conquistar aquellas tierras) y los indios caribes.
Aquellas guerreras habían desembarcado días atrás en el Arenal, el gran arrabal extramuros de la ciudad, causando espanto con sus cuerpos desnudos, sus gritos de guerra y la vistosidad de las tiendas de su campamento.
Apenas había empezado a salir el sol por el Oriente cuando aquel ejército de mujeres, guiadas por Pentesilea, inició la invasión de la ciudad. La señal del comienzo de la batalla fue el vuelo de una cotorra, que dio inicio a un ataque con arcos a las defensas de la puerta de Triana.
Tras varios días de asedio, la ciudad terminó rindiéndose. Las mujeres y los niños fueron obligados a huir. A los hombres los pasaron a cuchillo...
Despierto de la siesta agitado por la pesadilla y por la melaza del calor, esa brasa viva con que el cielo sitia a la ciudad de manera inmisericorde de mayo a noviembre.
Mi cuerpo, aletargado, tarda en ponerse en marcha.
Abro la ventana. Abajo, el río grande fluye despacioso hacia Sanlúcar. Al fondo, veo la Giralda, a cuyos pies descansan los restos del almirante de la mar océana.
De pronto, una flecha envenenada atraviesa mi garganta.
Creo ver a una amazona que, vestida de fuego, me mira airada desde la otra ribera...
Ha empezado el asedio.

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