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EL IMPOSTOR (CUENTO EN SEIS VERSIONES)

 


 




Primera versión (A-B-C)

A) M., el escritor, era un verdadero impostor. Como todos los escritores, fingía o engañaba con apariencia de verdad, pero, aparte de los juegos de artificio con que ocultaba su verdadero ser tras miles de palabras con que ensuciaba cientos de páginas cada día, engañaba a todos porque en realidad era la inteligencia artificial la que construía las tramas de sus novelas, los diálogos de sus obras de teatro, los versos de sus poemas. Un día, harto de tanto artificio, tiró a la basura el ordenador portátil, arrancó una hoja de un cuaderno, se armó de un boli BIC negro y empezó a escribir a la antigua usanza:

B) Juan H. era un verdadero impostor. Su juego favorito era el de atribuir falsamente historias, inventadas por él, a alguien que le cayese mal. En su infancia y adolescencia, los castigos que recibió por sus mentiras no fueron lo suficientemente ejemplares como para que cejase en su empeño, por lo que entró en la adultez con ansias enormes de caer una y otra vez en la impostura, lo que le acarreó castigos penales y, lo peor, la tardía certeza de haber echado su vida a perder por haberse entregado con armas y bagajes a la calumnia. En su lecho de muerte, solo en el hospital, abandonado por todos, recordaba una y otra vez una historia, la de la única persona a quien no engañó en su vida, la de la persona de la que perdidamente se enamoró en una lejana primavera:

C) Laura tenía el síndrome del impostor. Pensaba que era una suplantadora porque creía constantemente que, a pesar de su capacidad innata para el diálogo y el trabajo, sus logros procedían de golpes de fortuna que no tenían que ver con su más que acreditada competencia en el mundo de la docencia universitaria. Tenía que lidiar cada día con la desagradable sensación de que había de hacerse pasar por alguien que no era, por una profesora ficticia que tenía más talento que ella a la que suplantaba en cada una de sus clases. Cuando llegaba a casa, agotada, la esperaba un sofá incómodo en el que sesteaba tras el cocido mal digerido. Solo cuando soñaba vivía de verdad. Por la tarde, tocaba leer una y otra vez tesis doctorales sobre escritores que no hacían otra cosa que fingir con apariencia de verdad, como ella. Ahora estaba leyendo una tesis sobre la novela El impostor, de un tal Pepe Gómez. La historia era sencilla.


Segunda versión (A-C-B)

A) M., el escritor, era un verdadero impostor. Como todos los escritores, fingía o engañaba con apariencia de verdad, pero, aparte de los juegos de artificio con que ocultaba su verdadero ser tras miles de palabras con que ensuciaba cientos de páginas cada día, engañaba a todos porque en realidad era la inteligencia artificial la que construía las tramas de sus novelas, los diálogos de sus obras de teatro, los versos de sus poemas. Un día, harto de tanto artificio, tiró a la basura el ordenador portátil, arrancó una hoja de un cuaderno, se armó de un boli BIC negro y empezó a escribir a la antigua usanza:

C) Laura tenía el síndrome del impostor. Pensaba que era una suplantadora porque creía constantemente que, a pesar de su capacidad innata para el diálogo y el trabajo, sus logros procedían de golpes de fortuna que no tenían que ver con su más que acreditada competencia en el mundo de la docencia universitaria. Tenía que lidiar cada día con la desagradable sensación de que había de hacerse pasar por alguien que no era, por una profesora ficticia que tenía más talento que ella a la que suplantaba en cada una de sus clases. Cuando llegaba a casa, agotada, la esperaba un sofá incómodo en el que sesteaba tras el cocido mal digerido. Solo cuando soñaba vivía de verdad. Por la tarde, tocaba leer una y otra vez tesis doctorales sobre escritores que no hacían otra cosa que fingir con apariencia de verdad, como ella. Ahora estaba leyendo una tesis sobre la novela El impostor, de un tal Pepe Gómez. La historia era sencilla:

B) Juan H. era un verdadero impostor. Su juego favorito era el de atribuir falsamente historias, inventadas por él, a alguien que le cayese mal. En su infancia y adolescencia, los castigos que recibió por sus mentiras no fueron lo suficientemente ejemplares como para que cejase en su empeño, por lo que entró en la adultez con ansias enormes de caer una y otra vez en la impostura, lo que le acarreó castigos penales y, lo peor, la tardía certeza de haber echado su vida a perder por haberse entregado con armas y bagajes a la calumnia. En su lecho de muerte, solo en el hospital, abandonado por todos, recordaba una y otra vez una historia, la de la única persona a quien no engañó en su vida, la de la persona de la que perdidamente se enamoró en una lejana primavera.


Tercera versión (B-A-C)

B) Juan H. era un verdadero impostor. Su juego favorito era el de atribuir falsamente historias, inventadas por él, a alguien que le cayese mal. En su infancia y adolescencia, los castigos que recibió por sus mentiras no fueron lo suficientemente ejemplares como para que cejase en su empeño, por lo que entró en la adultez con ansias enormes de caer una y otra vez en la impostura, lo que le acarreó castigos penales y, lo peor, la tardía certeza de haber echado su vida a perder por haberse entregado con armas y bagajes a la calumnia. En su lecho de muerte, solo en el hospital, abandonado por todos, recordaba una y otra vez una historia, la de la única persona a quien no engañó en su vida, la de la persona de la que perdidamente se enamoró en una lejana primavera:

A) M., el escritor, era un verdadero impostor. Como todos los escritores, fingía o engañaba con apariencia de verdad, pero, aparte de los juegos de artificio con que ocultaba su verdadero ser tras miles de palabras con que ensuciaba cientos de páginas cada día, engañaba a todos porque en realidad era la inteligencia artificial la que construía las tramas de sus novelas, los diálogos de sus obras de teatro, los versos de sus poemas. Un día, harto de tanto artificio, tiró a la basura el ordenador portátil, arrancó una hoja de un cuaderno, se armó de un boli BIC negro y empezó a escribir a la antigua usanza:

C) Laura tenía el síndrome del impostor. Pensaba que era una suplantadora porque creía constantemente que, a pesar de su capacidad innata para el diálogo y el trabajo, sus logros procedían de golpes de fortuna que no tenían que ver con su más que acreditada competencia en el mundo de la docencia universitaria. Tenía que lidiar cada día con la desagradable sensación de que había de hacerse pasar por alguien que no era, por una profesora ficticia que tenía más talento que ella a la que suplantaba en cada una de sus clases. Cuando llegaba a casa, agotada, la esperaba un sofá incómodo en el que sesteaba tras el cocido mal digerido. Solo cuando soñaba vivía de verdad. Por la tarde, tocaba leer una y otra vez tesis doctorales sobre escritores que no hacían otra cosa que fingir con apariencia de verdad, como ella. Ahora estaba leyendo una tesis sobre la novela El impostor, de un tal Pepe Gómez. La historia era sencilla.


Cuarta versión (B-C-A)

B) Juan H. era un verdadero impostor. Su juego favorito era el de atribuir falsamente historias, inventadas por él, a alguien que le cayese mal. En su infancia y adolescencia, los castigos que recibió por sus mentiras no fueron lo suficientemente ejemplares como para que cejase en su empeño, por lo que entró en la adultez con ansias enormes de caer una y otra vez en la impostura, lo que le acarreó castigos penales y, lo peor, la tardía certeza de haber echado su vida a perder por haberse entregado con armas y bagajes a la calumnia. En su lecho de muerte, solo en el hospital, abandonado por todos, recordaba una y otra vez una historia, la de la única persona a quien no engañó en su vida, la de la persona de la que perdidamente se enamoró en una lejana primavera:

C) Laura tenía el síndrome del impostor. Pensaba que era una suplantadora porque creía constantemente que, a pesar de su capacidad innata para el diálogo y el trabajo, sus logros procedían de golpes de fortuna que no tenían que ver con su más que acreditada competencia en el mundo de la docencia universitaria. Tenía que lidiar cada día con la desagradable sensación de que había de hacerse pasar por alguien que no era, por una profesora ficticia que tenía más talento que ella a la que suplantaba en cada una de sus clases. Cuando llegaba a casa, agotada, la esperaba un sofá incómodo en el que sesteaba tras el cocido mal digerido. Solo cuando soñaba vivía de verdad. Por la tarde, tocaba leer una y otra vez tesis doctorales sobre escritores que no hacían otra cosa que fingir con apariencia de verdad, como ella. Ahora estaba leyendo una tesis sobre la novela El impostor, de un tal Pepe Gómez. La historia era sencilla:

A) M., el escritor, era un verdadero impostor. Como todos los escritores, fingía o engañaba con apariencia de verdad, pero, aparte de los juegos de artificio con que ocultaba su verdadero ser tras miles de palabras con que ensuciaba cientos de páginas cada día, engañaba a todos porque en realidad era la inteligencia artificial la que construía las tramas de sus novelas, los diálogos de sus obras de teatro, los versos de sus poemas. Un día, harto de tanto artificio, tiró a la basura el ordenador portátil, arrancó una hoja de un cuaderno, se armó de un boli BIC negro y empezó a escribir a la antigua usanza.


Quinta versión (C-A-B)

C) Laura tenía el síndrome del impostor. Pensaba que era una suplantadora porque creía constantemente que, a pesar de su capacidad innata para el diálogo y el trabajo, sus logros procedían de golpes de fortuna que no tenían que ver con su más que acreditada competencia en el mundo de la docencia universitaria. Tenía que lidiar cada día con la desagradable sensación de que había de hacerse pasar por alguien que no era, por una profesora ficticia que tenía más talento que ella a la que suplantaba en cada una de sus clases. Cuando llegaba a casa, agotada, la esperaba un sofá incómodo en el que sesteaba tras el cocido mal digerido. Solo cuando soñaba vivía de verdad. Por la tarde, tocaba leer una y otra vez tesis doctorales sobre escritores que no hacían otra cosa que fingir con apariencia de verdad, como ella. Ahora estaba leyendo una tesis sobre la novela El impostor, de un tal Pepe Gómez. La historia era sencilla:

A) M., el escritor, era un verdadero impostor. Como todos los escritores, fingía o engañaba con apariencia de verdad, pero, aparte de los juegos de artificio con que ocultaba su verdadero ser tras miles de palabras con que ensuciaba cientos de páginas cada día, engañaba a todos porque en realidad era la inteligencia artificial la que construía las tramas de sus novelas, los diálogos de sus obras de teatro, los versos de sus poemas. Un día, harto de tanto artificio, tiró a la basura el ordenador portátil, arrancó una hoja de un cuaderno, se armó de un boli BIC negro y empezó a escribir a la antigua usanza:

B) Juan H. era un verdadero impostor. Su juego favorito era el de atribuir falsamente historias, inventadas por él, a alguien que le cayese mal. En su infancia y adolescencia, los castigos que recibió por sus mentiras no fueron lo suficientemente ejemplares como para que cejase en su empeño, por lo que entró en la adultez con ansias enormes de caer una y otra vez en la impostura, lo que le acarreó castigos penales y, lo peor, la tardía certeza de haber echado su vida a perder por haberse entregado con armas y bagajes a la calumnia. En su lecho de muerte, solo en el hospital, abandonado por todos, recordaba una y otra vez una historia, la de la única persona a quien no engañó en su vida, la de la persona de la que perdidamente se enamoró en una lejana primavera.


Sexta versión (C-B-A)

C) Laura tenía el síndrome del impostor. Pensaba que era una suplantadora porque creía constantemente que, a pesar de su capacidad innata para el diálogo y el trabajo, sus logros procedían de golpes de fortuna que no tenían que ver con su más que acreditada competencia en el mundo de la docencia universitaria. Tenía que lidiar cada día con la desagradable sensación de que había de hacerse pasar por alguien que no era, por una profesora ficticia que tenía más talento que ella a la que suplantaba en cada una de sus clases. Cuando llegaba a casa, agotada, la esperaba un sofá incómodo en el que sesteaba tras el cocido mal digerido. Solo cuando soñaba vivía de verdad. Por la tarde, tocaba leer una y otra vez tesis doctorales sobre escritores que no hacían otra cosa que fingir con apariencia de verdad, como ella. Ahora estaba leyendo una tesis sobre la novela El impostor, de un tal Pepe Gómez. La historia era sencilla:

B) Juan H. era un verdadero impostor. Su juego favorito era el de atribuir falsamente historias, inventadas por él, a alguien que le cayese mal. En su infancia y adolescencia, los castigos que recibió por sus mentiras no fueron lo suficientemente ejemplares como para que cejase en su empeño, por lo que entró en la adultez con ansias enormes de caer una y otra vez en la impostura, lo que le acarreó castigos penales y, lo peor, la tardía certeza de haber echado su vida a perder por haberse entregado con armas y bagajes a la calumnia. En su lecho de muerte, solo en el hospital, abandonado por todos, recordaba una y otra vez una historia, la de la única persona a quien no engañó en su vida, la de la persona de la que perdidamente se enamoró en una lejana primavera:

A) M., el escritor, era un verdadero impostor. Como todos los escritores, fingía o engañaba con apariencia de verdad, pero, aparte de los juegos de artificio con que ocultaba su verdadero ser tras miles de palabras con que ensuciaba cientos de páginas cada día, engañaba a todos porque en realidad era la inteligencia artificial la que construía las tramas de sus novelas, los diálogos de sus obras de teatro, los versos de sus poemas. Un día, harto de tanto artificio, tiró a la basura el ordenador portátil, arrancó una hoja de un cuaderno, se armó de un boli BIC negro y empezó a escribir a la antigua usanza.  

 

    

 

 

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