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EL SEÑOR MANTENEDOR

  



   Viendo mi confesor esta falta tan grande, y que no hay esperanza de que puedan aparecer, me ha mandado que vuelva a escribir todo lo que había escrito en estos diez cuadernos. Grandísima repugnancia siento en volver a hacer esta obra por muchas causas y razones que no pongo aquí por no alargarme; y la principal es hallarme tan falta de salud que parece imposible, estando como estoy, que pueda escribir tanto como hay que escribir.


   Madre María de San José: Carta a fray Plácido de Olmedo, ca. 1703-1705.



   El señor Mantenedor de la tertulia literaria de Los Caireles (cuya sede física se hallaba en la taberna Malvivires de Málaga), don Francisco Domingo y Marqués, odiaba profundamente los tanatorios, tanto como amaba la poesía de Jaime Gil de Biedma ("Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde").

   No podía soportar aquellos "centros comerciales de la muerte" -así los llamaba- en los que uno tenía que colocarse, ya antes de pasar la puerta giratoria, en modo tanatorio (rictus serio, labios apretados, voz falsamente entrecortada y lágrima medio caída) para encontrar, no sin horror, que, como era costumbre, el vestíbulo de la entrada era un ir y venir de gente chillona que se comportaba como si aquello fuese una feria, la entrada de una sala de conciertos o la de un teatro ("envejecer, morir, eran tan solo las dimensiones del teatro").

   El señor Mantenedor sabía, sin embargo, que los mejores chistes son los que se sueltan en esos encuentros con los deudos del finado. En medio de tanta frase hecha ("no somos nada"; "la vida son tres días"; "estamos aquí de prestado"; "había dejado dicho Haced con mi cuerpo lo que queráis"...), buscaba, entre tanto dolor y tanto ruido, a quienes él sabía que podrían surtirlo de alguna perla humorística con la que poder soportar el resto del día.

   A veces era él quien, como un médico en busca de pacientes, iba calmando las penas de los dolientes (que también componían el modo tanatorio con sus rictus serios, sus labios apretados, sus voces entrecortadas y sus lágrimas vivas) con un chascarrillo, un chiste malo, una anécdota de oficina con la que aliviar la quemadura del roce de la muerte, con la que sobrellevar la vida, ese estar uno tan falto de salud.

   Odiaba los tanatorios, pero, paradójicamente, encontraba en ellos más vida que en el resto de sus días. Quizás porque ese contacto cercano con el no ser lo hacía cimbrearse, lo hacía querer vivir a manos llenas, querer llenar su cesta de vida plena y complaciente.



   Aquella tarde, el señor mantenedor no pudo pasarse a repartir sus perlas de humor por el tanatorio.

   No pudo excusar su inasistencia porque se había muerto. Porque era él el muerto.

   Bueno, en realidad soy yo, don Francisco Domingo y Marqués ("la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra") el que la ha palmado.

   Al fin y al cabo, como escribió Montaigne, "la muerte es la cura de todos los males".

   Ahora que lo pienso..., ¿dejé dicho a alguien qué tenían que hacer conmigo?

   Espero, al menos, que haya alguien contando chistes en el tanatorio.

   Si no, grandísima repugnancia siento.

   ¡Qué muerte esta! Con todo lo que yo tenía que escribir...

 

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