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LAS SENDAS DE FUENTEHERIDOS

 



     Yo era un niño entonces, un crío flaco y enfermizo amante de los libros y de las películas que echaban los dos únicos canales de televisión que había entonces.

     Padecía, entre otras enfermedades, de asma y por ello el médico les aconsejó a mis padres que yo debía respirar aire puro.

     Unos tíos míos, primos de mi madre, tenían una casa en la sierra de Huelva, en el pueblo de Fuenteheridos, al lado de la entonces ruinosa plaza de toros de la localidad.

Mis tíos se ofrecieron a dejarnos su casa una semana que, creo recordar, fue la de las vacaciones de Semana Santa. De modo que allí me instalé con mis abuelos maternos, en uno de los momentos más felices de mi vida.

Por las mañanas, mi abuelo Manuel y yo salíamos por los alrededores del pueblo para buscar plantas aromáticas.

Mi abuelo me enseñaba los distintos nombres de las hierbas de aquella variopinta flora silvestre: poleo, romero, jazmín, siempreviva, menta, tomillo, mejorana, manzanilla...

Para mí era un descubrimiento saber que cada planta tenía su propio nombre particular y que cada una se utilizaba para distintos fines y remedios.

Nos metíamos por vaguadas apenas transitadas, rodeados de castaños, en medio del olor aromático de todas aquellas plantas.

Los senderos, apenas hilos de tierra que la vegetación quería cubrir de nuevo, nos llevaban a pequeños valles entre colinas o a bifurcaciones a la salida del pueblo, en medio de un verdor recién creado, fruto del agua, la cual nos salía al encuentro a cada paso en forma de fuente o de pequeño arroyuelo que nos cortaba el camino.

Cuando regresábamos mi abuelo y yo a casa de mis tíos, mi abuela Antonia nos esperaba con una maravillosa olla de cocido, cuyo olor inundaba la casa.

De noche, ya en la cama, procuraba dormir entre pitido y pitido de mis pulmones fatigados.

Los crujidos de la casa, una vez calmada mi respiración ansiosa, me impedían más tarde conciliar el sueño.

Pero entonces, como viniendo de un fondo de verdor invisible, me llegaba, puro e inconfundible, el aroma al poleo que mi abuelo había dejado en un jarrón de la entrada. Y entonces me dormía apaciblemente, calmadas al fin las ansias de mi respiración de niño asmático y las de mi nerviosa imaginación, que por entonces gozaba de los dones de la naturaleza y de sus senderos mágicos.

 

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