...la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Federico García Lorca: Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías (1935).
Cuenta la leyenda que Blanquet sintió la presencia de la muerte, una vez más, en forma de intenso olor a cera derretida, el 15 de agosto de 1926 en la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla.
Ignacio Sánchez Mejías lo había logrado convencer para que lo ayudase como peón de brega en la corrida de la fiesta de la Virgen de los Reyes de aquel año.
Antes del paseíllo, como en los dos casos anteriores, volvió a oler a cera y se puso tan alterado que intentó evitar que Ignacio saliese al ruedo. Al final de la corrida, en la que no hubo ningún incidente reseñable, la cuadrilla, sin tiempo para cambiarse de ropa, salió con prisa para tomar, en la estación de Plaza de Armas, el tren expreso que los iba a conducir a Ciudad Real, la siguiente plaza de la temporada.
Al subir al tren, Blanquet se sintió mareado y cayó al suelo desvanecido. Lo llevaron con celeridad a la casa de socorro de la calle Trajano. Cuando el resto de la cuadrilla llegó al hotel de Ciudad Real, un telegrama les comunicó la triste noticia de que el banderillero Enrique Belenguer, Blanquet, había fallecido.
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Cuatro años antes, el 7 de mayo de 1922, el torero valenciano Manuel Granero alternó en Madrid con Juan Luis de la Rosa y Marcial Lalanda, que confirmaba la alternativa.
En la cuadrilla de Granero estaba su paisano Blanquet, que, por segunda vez, olió en su vida la muerte en la esencia de cera derretida.
Camino de la plaza de toros, esa tarde Granero mandó parar el coche de caballos delante de la casa de fotografías de Kâulak. Mientras subían al estudio para que el diestro fuese retratado, Blanquet sintió el intenso olor, presagio de la muerte. Se lo comentó a su compañero de Barcarrota, El Mella, e intentó advertírselo también al torero, pero este no le hizo caso.
El quinto toro de la tarde ("no hay quinto malo", dicen los taurinos) tenía de nombre Pocapena. Era un astado cárdeno de Veragua que, casualmente, le había correspondido a Granero el año anterior en Ciudad Real, pero aquella corrida se suspendió porque los matadores se negaron a torear cuando supieron que el empresario había huido con la recaudación de la taquilla.
Blanquet, tras los pares de banderillas puestos por Alpargaterito y Rodas, le dio a Pocapena dos o tres capotazos, dejándolo en el tercio del 2.
Granero, el torero violinista, que vestía de azul marino y oro, fue volteado aparatosamente por el toro cuando intentaba con la muleta darle salida hacia el tendido 3.
El astado se metió dentro de su terreno, lo lanzó a las tablas y lo corneó sin piedad. Fue, probablemente, la más espantosa cornada de la historia de las corridas de toros. Minutos después, moría en el hule de la enfermería el torero que parecía estar destinado a suceder a Joselito.
Blanquet, horrorizado, decidió cortarse la coleta para siempre, pero Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de Joselito el Gallo, logró convencerlo, años después, para que volviese a los ruedos.
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Enrique Belenguer Soler, que era el peón encargado de los toros duros y difíciles de José Miguel Isidro del Sagrado Corazón de Jesús (Joselito el Gallo), percibió el dulzón olor de la cera derretida por primera vez el 16 de mayo de 1920, en el pueblo toledano de Talavera de la Reina.
El día anterior José había toreado en Madrid con Juan Belmonte y con su cuñado, Ignacio Sánchez Mejías.
Ignacio encontraría la muerte el 13 de agosto de 1934 en Madrid, en el sanatorio del doctor Crespo, en el número 22 de la calle Goya, dos días después de ser cogido por el toro Granadino en la plaza de toros del pueblo de Manzanares, provincia de Ciudad Real.
El mal fario se conjugó en contra de Ignacio: un accidente de automóvil de Domingo Ortega, la petición de Dominguín, el apoderado del toledano, para que lo sustituyese... Todo aquello lo llevó, por los caminos del azar, a la muerte en Manzanares.
Lorca, el famoso poeta granadino, escribió en honor de su amigo el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, uno de los más impresionantes poemas elegíacos de la literatura en lengua española.
En la corrida del 15 de mayo de 1920, el público de Madrid insultó a Joselito: lo pitaron, lo abuchearon, hasta le dieron con una almohadilla en un brazo... Cada vez le exigían más arrestos, más arte, más entrega.
A Joselito, el rey de los toreros, le hacía mucha ilusión torear al día siguiente en Talavera porque su padre, Fernando el Gallo, había inaugurado la plaza en 1890. También quería congraciarse con el crítico taurino Gregorio Corrochano, que era sobrino de la ganadera (la señora viuda de Ortega) y pariente del primer empresario del festejo. Llevaban un tiempo distanciados el cronista y él y querían arreglar sus diferencias.
Joselito, ilusionado, se plantó en Talavera. Lo hizo enfrentándose a la Dirección de Seguridad, que no lo quiso dejar salir de la capital debido a los compromisos del torero con la empresa de la plaza de Madrid.
La corrida de Talavera era un mano a mano con su cuñado, Ignacio, el torero escritor y mecenas de los actos fundacionales de la generación del 27.
En el patio de cuadrillas, Blanquet olió por primera vez intensamente a cera derretida y supo, de esa forma misteriosa en que se nos presentan algunas verdades fundamentales en la vida, que la muerte presagiaba su llegada.
El banderillero valenciano anunció a Gallito que tenía un mal bajío. José, el rey de los toreros, no le hizo caso. Al fin y al cabo, como suelen decir los maestros, "es mejor no ser supersticioso porque da mala suerte".
El quinto toro ("no hay quinto malo"), Bailaor, marcado con el número 7, negro mulato de pelo, cornicorto y terciado de presencia, manso, bronco y burriciego, terminó cogiendo a Joselito en un momento de descuido con la muleta.
Falleció a los pocos minutos de entrar en la enfermería, con el vientre destrozado.
La Virgen Macarena vistió de luto por José.
Sevilla entera se echó a la calle para acompañar al féretro de Gallito desde la estación de tren de Plaza de Armas hasta el cementerio de San Fernando.
Nombres, nombres, nombres... ¿Qué queda de vosotros cuando vuestros ríos van a dar a la mar?
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La playa es una frontera entre la tierra y el agua, entre la vida y la muerte.
Blanquet, bendecido por el agua salina, corre, feliz y ajeno al sufrimiento de la vida adulta, persiguiendo a sus primas.
Cerca de ellos, un pintor los inmortaliza para siempre.
Años antes, apenas recién nacido en la casa de socorro de Valencia, percibe por primera vez el olor de dos varas de nardos, preciosa esencia que perfuma vivamente la habitación de su madre.
Sánchez Mejías, cuarenta y cinco años después, pagó todos los gastos del traslado a Valencia y de su entierro.
Nombres, nombres, nombres... ¿Acaso lleváis prendida la esencia de la cera y el nardo?

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