A mis amigos los profesores del IES Fernando de Herrera L os últimos días de curso eran siempre los más cansados porque había que ir cerrando muchos asuntos: las últimas correcciones, los últimos esfuerzos burocráticos, los madrugones finales... El profesor adoraba su trabajo, tanto que hasta podía afirmar que lo amaba cada vez más, a pesar de llevar media vida instalado en la certidumbre de que era la suya una labor desprestigiada y mal pagada. A veces pensaba en abandonar el oficio, en intentar buscar otro trabajo que lo satisficiera más, pero en esas ocasiones siempre terminaba preguntándose: "¿Dónde van a aceptar a un pobre profesor de instituto como yo?". Aquel final de curso, como todos los de los últimos años, fue estresante. Los exámenes se acumulaban en su mesa de trabajo formando resmas de papel a las que tardaba en dar salida. A él le gustaba detenerse en cada examen, escribir anotaciones...