Cuando éramos pequeños, en el pueblo, robábamos los frutos de los huertos abandonados del camino del Zumajo . La pandilla de amigos exploraba, en partidas de caza, en el verano, los alrededores de nuestros bloques en busca de los frutos de la naturaleza. A veces nos alejábamos demasiado de casa, todo lo que nos permitía el tiempo de la caída del sol por la tarde. Desoíamos las advertencias de nuestros mayores, que nos hablaban de bocas ocultas de pozos, cubiertas de vegetación, en las que podíamos caer. Incluso, en algunas ocasiones, los cazadores iban solos, sin grupo asociado, para no compartir con nadie aquellos momentos únicos de despertar. Abajo estaba el agua del pantano, fresca y cenagosa, en la que nos estaba terminantemente prohibido bañarnos. Pero un cazador solitario de instantes suele hacer caso omiso de vetos como ese, tan tentadores. Regresábamos luego a casa, solos o e...