Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

lunes, 27 de enero de 2014

Un berrinche






    De pequeño fui un niño bastante dócil, lo cual no significa que en determinados momentos no tuviese mis berrinches como todos los niños que en el mundo han sido.
    Recuerdo especialmente uno: había ido con mis padres a Sevilla no recuerdo a qué y ellos decidieron ir de compras a El Corte Inglés.
    Mientras mi madre veía no sé qué artículos, yo le eché el ojo a un disfraz de Superman, mi héroe de aquel momento.
    Le pedí que me lo comprase, pero ella se negó. Entonces me puse a llorar insistentemente.
    Cómo no sería mi berrinche que el dependiente que estaba atendiendo a mi madre en ese instante dijo resignado: “Señora, si no le compra usted el disfraz de Superman al niño, se lo compro yo”.
    Finalmente, desesperada, mi madre me tuvo que comprar el disfraz para que me calmase.
    Aquella misma tarde fuimos a Niebla, precioso pueblo amurallado de Huelva, a visitar a mi tía abuela Isabel. En el patio de su casa lucí mi reluciente traje de superhéroe, dispuesto a salvar a la Humanidad entera de cualquier peligro que la amenazase.
    No sé si llegué a ponerme de nuevo aquel traje. Quizás lo usé en una fiesta de disfraces. Lo cierto es que me olvidé pronto de él. El resto del tiempo creo que durmió el sueño de los justos en la oscuridad de algún altillo hasta que alguien lo terminaría arrojando a la basura.
    ¡Qué poco duran los deseos de los niños!

sábado, 25 de enero de 2014

La playa





    El Portil fue la playa de mi infancia.
    Cuando yo tenía dos años, nació mi hermano Cayetano. Por aquella época mis padres compraron un piso en la costa de Huelva, en El Portil (Punta Umbría).
    El Portil era entonces una playa salvaje, muy poco poblada. Había muy escasas urbanizaciones en medio de grandes extensiones de campo y de dunas. La sensación de libertad que proporcionaba el contacto con el mar era indescriptible. Era un paraíso para nuestras almas infantiles.
    Hasta allí nos trasladábamos en las vacaciones de verano en compañía de mis abuelos Manuel y Antonia.
    Mis primeros recuerdos de aquella playa son muy vagos. Me acuerdo de un precioso barco de vapor de plástico que olvidé en la arena, de un cine de verano en Punta Umbría (al que íbamos con nuestros primos) o de una tortuga gigante muerta que apareció varada en la arena y que la marea desenterraba una y otra vez a pesar de los esfuerzos de quienes intentaron inhumarla.
    Mis hermanos y yo jugábamos a salpicarnos con pistolas de agua, a nadar en colchoneta o a hacer carreras por la playa.
    Nuestra familia tenía un sombrajo de techo de cañas, como los que había antes en Punta Umbría, al que tuvimos que renunciar porque otras familias lo ocupaban cada dos por tres.
   Había entonces varios alemanes que veraneaban allí. Me acuerdo especialmente de una señora, vecina de abajo, que nos regalaba caramelos.
    Con mi abuelo íbamos a una vaquería en busca de leche, que luego había que hervir en un cazo. Otras veces recorríamos las orillas de la laguna de agua dulce, que no estaba -como ahora- cercada y en la cual se oían a veces disparos de cazadores.
    Uno de los momentos más celebrados era la llegada de mis tíos Antonio y Mari de Alemania, los cuales tenían otro piso en la misma urbanización. Ellos siempre nos traían algún detalle. Me acuerdo del verano en que nos regalaron los famosos cubos de Rubik (novedad de aquel año). Mi tío nos tradujo las instrucciones en alemán y mi hermano y yo competíamos a ver quién conseguía el récord de velocidad al resolver dicho rompecabezas.
    Algunas mañanas, los dos cruzábamos a nado hasta la barrera de arena del final de la ría del Piedras, la llamada “Flecha de El Rompido”, en una época en que no había tanto barco como ahora. Había que tener cuidado con las corrientes provocadas por la marea, pero merecía la pena el esfuerzo cuando pasábamos a la otra orilla, a la zona de mar abierto, donde pescábamos enormes coquinas que metíamos en bolsas, las cuales luego nos atábamos a los bañadores para poderlas traer de vuelta.
    Con otro familiar nuestro, mi tío José, el cual tenía una barca, navegábamos por aquella misma zona de desembocadura del río para pescar. Es curioso cómo lo único que recuerdo haber pescado entonces fue un gazapo, feísimo pez incomestible que tuvimos que devolver al agua.
    En la piscina de la urbanización continuamos nuestro aprendizaje de natación, ya iniciado en unos cursillos en la piscina de Bellavista, en Riotinto. También aprendimos a tirarnos de cabeza, pero antes tuvimos que pegarnos sonoras panzadas contra el agua desde un trampolín que años después terminaron quitando.
    De entonces recuerdo a Arturo, sobrino de mi tío Antonio, y su hermana Diana, que vinieron de Alemania con sus padres, y con quienes hicimos buenas migas.
    También me acuerdo de que un verano alquilaron al lado de nuestro piso mis tíos Juan y Enriqueta con sus hijas. Eran bellísimas a mis ojos de niño aquellas primitas y creo que me enamoré de ellas. ¡Ay, el amor..!
    Jugábamos al tenis en una pista dura que se mantiene todavía. Recuerdo el sorteo de las horas de ocupación de la pista, rito que aún sigue teniendo lugar.
    Algunos años estuvimos en pandillas de chavales de la misma urbanización. Sin embargo, a partir de un verano no quise formar parte de ningún grupo. Me había vuelto por entonces un muchacho ensimismado, amante de los libros, un tanto solitario y cultivador de mi mundo interior. La infancia tocaba a su fin.
    ¡Cuántos recuerdos en El Portil, la playa de mi infancia!

lunes, 20 de enero de 2014

La sierra




    Por recomendación médica, con idea de que respirase un aire más limpio que aliviase mis ataques de asma, mis padres decidieron enviarme con mis abuelos maternos (Manuel y Antonia) a la casa que tenía un tío mío, Juan (q. e. p. d.), en Fuenteheridos, precioso pueblo de la sierra de Huelva.
    Creo recordar que estuvimos los tres allí una semana, posiblemente en unas vacaciones de Semana Santa.
    El tiempo era ya bueno y mi abuelo y yo salíamos por la mañana al campo a buscar poleo, romero, menta y otras plantas aromáticas que luego colocábamos en las habitaciones para que difundiesen sus aromas.
    Mientras íbamos de excursión, mi abuela se quedaba cocinando en la casa. Ésta era grande, quizás de dos plantas. Estaba al lado de la plaza de toros del pueblo, que era una vieja construcción de muros de piedra.
    No recuerdo bien aquella vivienda de mi tío, pero sí tengo en la memoria un gran patio en la parte de abajo al lado de un cuartillo lleno de chismes que despertaron mi curiosidad.
    Visité en otras ocasiones la sierra con mis padres: Jabugo (donde teníamos y aún tenemos familia), Alájar y su famosa Peña de Arias Montano, Aracena y su gruta...
    No obstante, creo que aquellos días felices en Fuenteheridos con mis abuelos fueron el origen de mi amor por aquella sierra, hermoso jardín natural hecho para el deleite de los sentidos, espacio ideal de mis recuerdos infantiles.

sábado, 18 de enero de 2014

Los amigos




    José Luis, Ángel, Mario, “Rafi”, Evaristo... eran mis amigos de niño. Algunos vivían en mi bloque; otros, en los bloques vecinos.
    Nos reuníamos todas las tardes, con los bocadillos en las manos, a jugar y a pelearnos en los bajos de nuestros pisos.
    Uno de nuestros juegos era el divertido bote-bote, una versión del escondite en la que si algún jugador oculto le pegaba una patada a una botella de plástico vacía, custodiada por quien tenía que encontrar a los escondidos, se libraba de ser capturado.
    Me acuerdo de una expresión curiosa que teníamos(“no vale pavia”), la cual le servía al que la utilizaba para librarse de una tarea penosa. Creo que es equivalente a “cascarón de huevo” o al “uve” de los niños de hoy. No la he vuelto a escuchar de boca de nadie.
    Teníamos también un juego bastante bestia que era “al cielo voy”, en el que hubo más de un accidente. Formábamos dos filas en las que los últimos hacían de potro para que los siguientes saltasen sobre sus espaldas. La fila vencedora era la que aguantaba más tiempo con todos sus miembros encima.
    También jugábamos a “un, dos, tres, pollito inglés”, a los bolinches (los cuales estaban continuamente pasando de mano en mano), a los cromos y, por supuesto, al trompo.
    Los trompos de antes eran de madera. Los pintábamos con rotuladores. En el cuartillo de su casa mi abuelo les quitaba la punta y, en su lugar, colocaba el extremo de una puntilla grande para cascar así los trompos de mis amigos.
    Todas las tardes, si hacía bueno, las pasábamos en la calle jugando.
    Recuerdo que una tarde bajé con mi bocadillo y un perro se me subió a la espalda para cogerlo, así que me quedé sin merienda en medio de la diversión general.
    En un descampado de tierra que estaba al lado del tercer bloque había un pequeño campo de fútbol y de baloncesto. Allí pasábamos las horas. Yo, como era torpe con el balón entre las piernas, prefería jugar de portero. 
   El ayuntamiento nos quitó las porterías y las canastas debido a las quejas de unos vecinos y, al saberlo, hubo una protesta, con lanzamiento de huevos a la fachada del piso enemigo, en la que estuvo presente toda la chavalería de los andurriales, incluida la de Los Cantos de arriba, gentes con quienes teníamos ciertos piques. Fue la primera manifestación de mi vida.
    En otro momento hicimos una casa en un árbol que estaba entre el primer bloque y el segundo. Allí establecimos la sede fija de la pandilla, pero algún padre preocupado por nuestra seguridad la terminó desmantelando.
    En la parte exterior de los muros perimetrales de los bloques metíamos hormigas en los nidos de arañas para capturar éstas y despedazarlas seguidamente. A las lagartijas que cazábamos les hacíamos tragar el tabaco de las colillas que encontrábamos para contemplar luego cómo se mareaban y daban vueltas embriagadas.
    Una tarde se nos ocurrió quemar unos pastos secos que estaban cerca de casa para crear un nuevo campo de fútbol que fuese nuestro en propiedad. El problema fue que hacía viento y, si no llega a intervenir mi madre, el fuego hubiese corrido monte abajo hacia El Zumajo.
    Los juegos a veces eran violentos, debido a que la armonía se quebraba y surgían diferencias tribales entre los niños de los distintos bloques que terminaban en el enfrentamiento de los dos bandos a pedrada limpia. Para nosotros era sólo un juego de guerrilla, pero recuerdo cómo a uno le abrí una brecha en la cabeza.
    Otras veces jugábamos con tirachinas fabricados por nosotros, intentando inútilmente matar pájaros.
La calle era para nosotros la segunda escuela, la escuela de las tardes.
    Cuando el tiempo era feo, íbamos a las casas de los amigos. Recuerdo aquellas partidas de Stratego con Ángel en su casa o cómo en casa de “Rafi” escribíamos nuestras obras de teatro de Antonio el periodista, ninguna de las cuales conservo por desgracia. Creo recordar que una de ellas la llegamos a representar en el salón de actos del colegio.
    El mundo era entonces para nosotros muy pequeño (la casa, la escuela, el bloque y sus alrededores...), pero lleno de rincones por explorar.
    Cuando hoy veo vuestros rostros en las fotos de mis cumpleaños, amigos de mi infancia, no puedo evitar tener una sensación de pérdida. Al volver la vista atrás, uno ve un hilo que en un momento dado se rompió. Ese hilo roto sabe que no volverá a unirse; sin embargo, el consuelo es pensar que esas amistades lo seguirán siendo en el alma de uno toda la vida, bajo el sol que aún nos sigue alimentando a todos.

miércoles, 15 de enero de 2014

Mis escapadas




    Me recuerdo como un niño obediente, aunque (y en esto sigo siendo igual) ante situaciones de injusticia me rebelaba tanto en el colegio como en casa.
    En la escuela recuerdo que una vez estaba con mis compañeros en las pistas deportivas y mi maestro, Don Emilio Santos (q. e. p. d.) no me hizo caso al pedir yo una solución a un problema. Por ello, abandoné el grupo y me pasé el resto de la clase de gimnasia mirándolos a todos desde lejos. Al final de esa evaluación el maestro les comunicó a mis padres en el boletín de notas que yo a veces era un poco díscolo.
    Pero mis padres lo sabían, porque cuando cogía un berrinche tomaba pronto la puerta. Si era de día, huía hacia uno de los puntales del pantano El Zumajo y allí me recreaba en meditaciones hasta que el estómago empezaba a protestarme y volvía rendido y hambriento a casa.
    Una noche me enfadé mucho con mis padres (sobre todo con mi madre, que era la encargada de las broncas) y me encerré en mi dormitorio.
    Empecé a preparar mi huida, pero mi madre entró en el cuarto y yo me metí debajo de la cama. Después de mucho rogarme, accedí a salir, pero entonces ella echó mano al hatillo que yo había podido preparar: mi mochilita de Bruce Lee llena de lo imprescindible para iniciar una vida en solitario, o sea, un pantalón vaquero, un chaleco y una flauta.
    Pero mi espantada más célebre tuvo lugar en la playa. Mis abuelos maternos se quedaron una tarde en El Portil mientras mis padres, mis hermanos y yo fuimos a visitar a mis tíos Waldemiro y Lucía y sus hijos en Punta Umbría. Al llegar allí, entramos en una tienda y mi madre me negó un dulce que mis tiernos labios pidieron y me largué.
    He de decir en mi defensa que aquel “no” de mi madre fue el último de un número infinito de negativas, la gota que colmó el vaso de mi paciencia...
    El caso es que eché a andar en dirección a El Portil (que está a unos ocho quilómetros), dejando atrás a mi familia. Primero anduve por la playa, pero la marea estaba alta y el paso era trabajoso, así que decidí andar por el arcén de la carretera.
    Y allí fue donde una patrulla de la Policía Nacional me paró. No supe (o no quise) decirles dónde podían estar mis padres y mis tíos o mis abuelos, así que dimos vueltas y vueltas por Punta Umbría hasta que se hizo de noche. Cuando dimos con nuestros padres, tenían la angustia dibujada en sus caras. No hizo falta ninguna de las tortas que me dieron aquel día, porque para entonces ya me había dado cuenta de que podía escapar de los demás, pero nunca de mí mismo.
    Esa fue mi última escapada (de niño).


lunes, 13 de enero de 2014

Mi primer amor


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    Me acuerdo vagamente de la etapa de mis primeros amores. 
   Para un niño las chicas al principio son sólo una compañía más en el colegio, pero poco a poco uno las va descubriendo como seres diferentes, con peculiaridades y secretos que uno termina queriendo desentrañar de golpe.
    No sé en qué momento de pronto algunas niñas de nuestros bloques empezaron a jugar a enseñar sus tesoritos a cambio de que los niños les enseñasen los suyos. Curiosamente lo hacían en el interior de la obra en construcción de la que luego fue mi siguiente casa en el pueblo.
    Era un juego inocente en el que yo no me atreví a participar, pero cuyo conocimiento despertó en mí una sana curiosidad. No había en ello ninguna maldad, sino únicamente el deseo de conocer lo diferente, de averiguar ocultas interioridades que hasta ese momento no habían existido apenas en nuestra conciencia.
    En el colegio había chicas que me gustaban de una manera inconcreta, pero todo estaba entonces teñido de inocencia. Éramos niños...
    Sí tengo un recuerdo especial de una niña canaria (cuyo nombre luego olvidé porque se fue de Riotinto) que me gustaba vivamente. De ella sólo tengo fijado en la memoria un momento: en un recreo, yo estaba a su lado y ella se cayó. Yo fui a levantarla caballerosamente y en ese momento creo que se me escapó un casto y tímido beso que aterrizó en una de sus mejillas. Nuestros compañeros vieron la maniobra y se rieron en voz alta de nosotros y yo no encontré otra salida para dejar de oír sus burlas que huir solo hasta la trasera de la cantina del colegio, como perrillo asustado y jadeante.
    ¡Tanto miedo me daba entonces el amor!

domingo, 12 de enero de 2014

Mi casa

 
   Mi primera casa no la recuerdo porque yo era muy pequeño cuando nos mudamos a la segunda. En realidad fue sólo un cambio de planta, de un primero a un segundo en el mismo bloque.
   Aquel segundo piso fue la casa de mi infancia. No volví más allí una vez que nos mudamos, cuando yo tenía quince años, a la casa en la que aún viven mis padres.
   La casa de mi niñez (el segundo piso al que me he referido) era grande. Tenía un recibidor con un paragüero enorme del que salía un pasillo central que comunicaba a izquierda y derecha con todas las estancias: el cuarto de la plancha (con su armario de juguetes), la habitación de mis hermanas, dos cuartos de baño, el cuarto que compartíamos mi hermano y yo, la cocina con su lavadero, el dormitorio de mis padres, el salón (dividido en dos partes) y la terraza.
    Recuerdo también un pequeño armario al lado del cuarto de baño pequeño, seguramente el lugar de los botes de limpieza.
    Es curioso cómo había olvidado ese armario, cómo la memoria se queda únicamente con recuerdos sustanciales y desecha los intrascendentes, pero ¡qué daría hoy por poder abrir de nuevo aquel armario y poder ver, aunque fuera sólo por un instante, su interior o por tener la oportunidad de volver a percibir sus olores!
    Por otra parte, es también significativo cómo los recuerdos de los cuartos de nuestra niñez, que con el tiempo se confunden en un mismo plano con el recuerdo de las personas de entonces, los asociamos a determinados sucesos. Por ejemplo, cuando evoco mi cuarto no puedo evitar la memoria del intento de golpe de Estado del veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno (con aquella radio sonando insistentemente) o al recordar la cocina del piso me viene la imagen del aceite de la freidora con el que una tarde monté un auténtico desastre al derramarlo por el suelo.
    En el cuarto de mis padres mi hermano y yo grabábamos nuestras voces en un radiocasete (cómo nos reímos con “Humanidad pervertidaaa...”) y los Reyes Magos nos dejaban los regalos; en el cuarto de la plancha jugábamos a los bandoleros y destripábamos los juguetes cuando nos cansábamos de ellos... y esos recuerdos los conservo frescos, como si fuesen muy recientes.
    Casa de mi niñez, aún te recuerdo. Tu imagen sigue viva en mi alma. Ojalá sea así por mucho tiempo.

sábado, 11 de enero de 2014

Excursiones por el campo




    Como niño de pueblo que fui, muchos recuerdos de mi infancia los tengo asociados a estar en contacto con la Naturaleza, solo o acompañado de mis amigos.
    En algunas ocasiones, siendo ya un niño grande, en vacaciones o los fines de semana, dejaba atrás el bloque donde vivía y salía solo a explorar los campos de alrededor, aprovechando la libertad que iba poco a poco consiguiendo de mis padres.
    A veces mis salidas eran escapadas provocadas por mi ofuscación con las leyes del mundo de los adultos, pero otras respondían únicamente al deseo de explorar realidades diferentes de las de todos los días. ¡Tanta influencia tenía en mí la lectura de los relatos de los grandes exploradores y arqueólogos!
    Esas excursiones coincidieron con la época en que mi cuerpo empezó a entrar en la pubertad, por lo que al descubrimiento de la realidad exterior se produjo el de los cambios en mi propia naturaleza.
    En mi recuerdo conservo las excursiones que hice con mis amigos a la aldea Las Delgadas y al pantano El Zumajo.
    A Las Delgadas íbamos en bici, a explorar en grupo la zona, En una de aquellas descubiertas (en la que yo no participé) mi amigo Evaristo se cayó de la bici y dejó sus dientes en el asfalto de la carretera.
    Recuerdo que, en otra ocasión, una mañana fui yo solo hasta Las Delgadas y me demoré mucho, tanto que mis padres se asustaron pensando que se trataba de una espantada más de las mías. Pero lo que sucedió fue en realidad que perdí la noción del tiempo rodeado de aquellos campos llenos de la belleza esplendorosa del estío.
    El Zumajo es un pantano que está situado en medio del campo, a medio camino entre Riotinto y El Campillo, el pueblo de mi padre. Con la pandilla de amigos hice varias excursiones por sus orillas. También fui por allí con los compañeros del colegio y dos maestros en una época de sequía en la que se podía cruzar de una parte a otra atravesando el fondo de lodo seco. En aquella ocasión el grupo se dividió en dos y nos perdimos. Finalmente los maestros tuvieron que preguntar al dueño de uno de los huertos de la zona cómo regresar a Riotinto.
    Una vez quisimos acampar mi hermano y yo junto con los amigos en varias tiendas de campaña al lado del pantano, pero no nos dejaron nuestros padres.
    Era entonces el tiempo del final de la infancia, cuando nos parecía más interesante el mundo de nuestros amigos que el de nuestros progenitores. La niñez tocaba a su fin.
    Los mayores nos prohibían bañarnos en El Zumajo y nos contaban espeluznantes historias de ahogados, pero yo lo hice en más de una ocasión. Era vivificante y sensual el contacto de la piel desnuda con aquella agua fría y secarse luego al aire en medio de colinas llenas del verdor de los árboles.
    Otras veces me bañaba en la poza que formaba un arroyuelo que desemboca en el embalse. La paz del campo me envolvía en medio de aquel lugar maravilloso. Todo allí era orden, silencio, armonía...
    También me viene a la memoria mi exploración de lo que en Riotinto se llaman vacies, es decir, las escombreras de rocas producto de la explotación minera.
    Detrás del barrio inglés de Bellavista hay un enorme vacie. Hasta el pie de él yo llegaba con la bici y, muchas veces solo, escalaba por aquellas piedras enormes de diversos colores.
    Ahora recuerdo aquellas dificultosas subidas y pienso que no me rompí la crisma allí porque Dios no lo quiso, igual que en otra ocasión en que estuve a punto de caerme de una estructura metálica en el colegio cuando jugaba a escalarla con los amigos.
    Unas veces subí al vacie para encontrar minerales como el azufre para algún trabajo del colegio. Otras, simplemente para explorar, para buscar extraños afloramientos rocosos, para descubrir el mundo.
    Estar en contacto con aquella enorme masa mineral, que desprendía un fuerte olor metálico, me enraizaba con la tierra.
    ¡Ah, aquellas arriesgadas y aventureras excursiones del final de mi infancia! 
 

domingo, 5 de enero de 2014

Las Navidades de mi infancia


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    Cuando yo era chico la Navidad era la fiesta más señalada en el calendario.
    La pandilla de amigos salía a la calle para ir cantando villancicos por las casas. “¿Se puede cantar?”: así solicitábamos el poder entonar aquellas canciones nunca previamente ensayadas y que acompañábamos con zambombas, panderetas y el soniquete del rasgueo de botellas de anís vacías.
    El poco dinero que nos daban de aguinaldo lo repartíamos luego como buenos hermanos para comprar chucherías.
    También asocio estas fiestas al lanzamiento de petardos. Los comprábamos en un quiosco al lado del Paseo del Chocolate. Nos gustaba el estruendo que producían, imitación de las explosiones de las batallas con las que soñábamos.
    Recuerdo que, cuando ya estaba saliendo mi cuerpo de la infancia, empezaron a gustarme menos las reuniones familiares de Navidad. Me parecían muy forzadas, aunque luego mi abuelo Manuel me sacaba de aquel estado de nostalgia incitándome a cantar villancicos.
    Pero por supuesto el momento más esperado de las Navidades era la llegada de los Reyes Magos de Oriente.
    El cinco de enero por la tarde salía la cabalgata de Reyes, y coincidió varios años con la emisión televisiva de la película Tom Sawyer, que me encantaba. A pesar de haberla visto el año anterior, recuerdo mi resistencia a ir a ver la cabalgata, aunque luego me alegraba de contemplar todo su colorido espectacular.
    Justo después, íbamos a casa de mi tío Duarte (q. e. p. d.) para recibir los regalos que habían dejado allí los Reyes Magos.
   Después de cenar, los nervios me impedían conciliar el sueño. Aquella era la noche más mágica de todo el año.
    Si hay una palabra que describe la emoción de esta noche en la mente de un niño es “ilusión”.
    Me acuerdo especialmente de una noche de Reyes en la que la emoción me hacía ir saltando de un sueño a otro, y en todos la felicidad me colmaba. Los Reyes con su magia me hacían feliz incluso en sueños.
    Y luego llegaba la luz del seis de enero, que nos mostraba los regalos de aquellos seres envueltos en el misterio: la bicicleta, el Scalextric, los Geyper Man, los Mádelman, los clics de Famóbil, el trabuco de “El Algarrobo”, los Juegos Reunidos Geyper..., todo un festín para los sentidos, teniendo en cuenta que el resto del año nuestros padres no nos regalaban apenas juguetes.
    Un año, sorprendentemente, todos los regalos aparecieron debajo de la cama de mis padres. ¡Qué trabajo nos costó encontrarlos!
    Dos días después había que madrugar para volver al colegio. Allí algunos niños decían que los Reyes en realidad eran los padres.
    Un tiempo después supe la verdad: que por supuesto los Reyes Magos existían y que los padres los ayudan en su labor para que Sus Majestades no tengan tanto trabajo en esa noche mágica y maravillosa.
    Sin embargo, el conocer aquella verdad no restó ni un ápice a la ilusión que había desplegado mi mente en aquellos magníficos días navideños.
    El recuerdo de aquella noche mágica de Reyes me seguiría alimentando hasta el siguiente seis de enero.

viernes, 3 de enero de 2014

Los tebeos



   Aún no se llamaban cómics. Eran tebeos, nombre sacado de las tiras cómicas que tenían como título T.B.O..
   Los tebeos los devoraba con un ansia infinita. Recuerdo que los intercambiaba con mi primo Waldi, quien tenía siempre muchos más que yo.
   Leíamos, aparte del T.B.O., con sus "Diálogos para besugos" y los inventos del doctor Franz de Copenhague, Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Sir Tim O'Theo, Superlópez, 13, Rue del Percebe, Carpanta, Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, Anacleto, agente secreto, Astérix y Obélix, Tintín, la revista Don Miki (con los personajes de Disney), La familia Cebolleta, Doña Urraca...
   Muchos de estos tebeos venían agrupados en libros con el título de Super Humor, que nos eran regalados en ocasiones especiales.
   Incluso leíamos tiras con las que disfrutaron los niños de generaciones anteriores a la nuestra, como El capitán Trueno o El guerrero del antifaz.
   La pandilla de amigos un día decidió montar un quiosco de trueque de tebeos. Lo montamos con unas tapas de cemento cuadradas que estaban al lado de los bloques en los que vivíamos.
   Metido dentro de aquella estructura provisional, yo me dediqué, por supuesto, a leer aquellos tebeos. Tan provisional era el quiosco que una parte se vino abajo y llegó a aprisionarme. Sin embargo, a pesar de ello (y de eso se rieron un tiempo mis amigos), ¡yo seguí leyendo! Tal ansia tenía...

jueves, 2 de enero de 2014

El cromo de Yashín y el "boliplátano"



   Recuerdo cómo disfrutaba de niño intercambiando cromos de futbolistas con mis amigos.
   Los álbumes los teníamos casi completos, pero a todos nos faltaba un cromo que se convirtió en un mito: el de Lev Yashin (para nosotros Yashín), "La Araña Negra", que fue portero del equipo de fútbol de la Unión Soviética años antes de nacer nosotros.
   El hecho de no poder encontrar su cromo envolvió a aquel guardameta en la leyenda, engrandecida por el hecho de que ninguno de nosotros lo vio nunca jugar.
   En mi infancia hubo otra frustración parecida: en un tebeo anunciaron un bolígrafo de plástico con forma de plátano. Había que mandar una moneda de cincuenta pesetas junto con la solicitud rellena a un apartado de correos de Madrid. Así lo hice, pero nunca recibí el "boliplátano". Aún lo busco cuando entro en alguno de esos bazares llenos de cachivaches multicolores.
   "La Araña Negra", el "boliplátano"..., retales de mi infancia que nunca poseí pero que me traen aún a la memoria los deseos del niño que era entonces.


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