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El veraneo de siempre, de toda la vida: la estancia en una zona de la costa de Huelva, a treinta seis grados, cincuenta y nueve minutos y treinta y seis segundos Norte de latitud y a siete grados, dos minutos y cincuenta y nueve segundos Oeste de longitud.
Toda una vida, en verano, en torno a una estrecha franja costera y a su prolongación, siempre andando, hacia el interior (el supermercado, la farmacia, la ferretería...). Siempre algo que comprar, algo que curar, algo que arreglar...
La brisa de poniente, que mueve las ramas de los pinos, trae humedad, yodo, sal y frescor a los cuerpos, agotados por la lucha diaria del resto del año.
Al llegar, sorpresas, no siempre agradables: para empezar, la lista de los que se fueron a la eternidad en el curso que acaba de concluir. "¿Te has enterado? Me lo dijo ayer Manolo".
Manolo (Manuel), Julio, Teresa, Carmen... Sí, pero Carmen fue el año pasado, ¿no? A veces se despista uno.
Nombres, solo ya nombres, suspiros de aire que se lleva la brisa marina y, con ellos, el recuerdo de quienes los habitaron, seres conectados todos por la misma estrecha franja de costa.
Quedan las escaleras que subieron y bajaron, la vajilla en la que depositaron con mimo sus comidas, los escritorios en que caligrafiaron hermosas cartas en las que el amor se expresa.
Pero aquí hemos venido a disfrutar, a descansar, a vivir. Y a recordar, por supuesto.
En la playa rigen otras costumbres distintas de las de la urbe.
Puede uno enseñar zonas de su cuerpo que jamás exhibiría en su calle de Sevilla o de Madrid.
Puede uno mirar a los ojos más tiempo a la persona con la que se cruza por el paseo marítimo.
Puede, incluso, hasta saludar con una abierta sonrisa a unos desconocidos, o sujetarles la puerta, o decirle "hola" a una graciosa niña pequeña, o saludar a un perrito, que mueve feliz su colita.
Vivir, en fin, la vida esencial, sin obstáculos que la entorpezcan.
Amar, sentirse amado, aunque solo sea por la húmeda y fresca brisa del mar, que trae, desde lejos, las nubes.
O por la dama de noche del vecino, que abre sus flores, ya en la penumbra, para traernos el perfume esencial de la felicidad y de la calma.
A treinta seis grados, cincuenta y nueve minutos y treinta y seis segundos Norte de latitud...
¿A cuánto era de longitud?
No importa.
A veces, una lágrima se escapa.
No importa...

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