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ABAJO ESTABA EL AGUA

  

 

   Cuando éramos pequeños, en el pueblo, robábamos los frutos de los huertos abandonados del camino del Zumajo.

   La pandilla de amigos exploraba, en partidas de caza, en el verano, los alrededores de nuestros bloques en busca de los frutos de la naturaleza.

   A veces nos alejábamos demasiado de casa, todo lo que nos permitía el tiempo de la caída del sol por la tarde.

   Desoíamos las advertencias de nuestros mayores, que nos hablaban de bocas ocultas de pozos, cubiertas de vegetación, en las que podíamos caer. Incluso, en algunas ocasiones, los cazadores iban solos, sin grupo asociado, para no compartir con nadie aquellos momentos únicos de despertar.

   Abajo estaba el agua del pantano, fresca y cenagosa, en la que nos estaba terminantemente prohibido bañarnos. Pero un cazador solitario de instantes suele hacer caso omiso de vetos como ese, tan tentadores.

   Regresábamos luego a casa, solos o en compañía, a la luz de las primeras farolas del pueblo, con un dulce sabor en la boca: el de las brevas si era a principio de verano, el de los higos si pronto se acercaba el final del tiempo del paraíso.

   De noche, ya dormidos, soñábamos con mundos de agua y con la redondez de los frutos que Natura generosamente nos daba.

   Abajo estaba el agua, la eternidad..., y no lo sabíamos.

Comentarios

Jesús Cotta Lobato ha dicho que…
Qué bien rememorado y cuánta belleza, sencillez y hondura en tan pocas palabras. Gracias
Gracias, querido amigo. Me alegra muchísimo que te haya gustado. Un fortísimo abrazo.

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