La biblioteca del Tamujar era un chirriante carromato desvencijado que recorría los angostos caminos de herradura de la comarca de Sorromero.
Su dueño, el viejo Diamante, era un hombre apacible, todo sonrisas y bonhomía, que iba por aquellos lugares y aldeas llevando la lumbre de los libros a quienes quisieran (o pudieran) arrimarse a ella.
El carro iba atestado de libros clásicos. Él los prestaba a cambio de un plato de comida caliente o de una noche en una cama placentera. La mañana siguiente se marchaba para continuar su camino, mientras sus lectores tornaban a sus faenas.
A las pocas semanas, aparecía de nuevo para recoger los libros prestados y ofrecer otros, muchos de ellos donados por amigos o parientes.
Así fueron pasando los años. En las cunetas fueron creciendo los postes del telégrafo, los del teléfono, los centros de datos de Internet...
Diamante empezó a aplazar sus regresos. Muchos lo olvidaron.
Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, el viejo carro de libros del Tamujar sigue llevando la luz de la cultura a quienes quieran, con lentitud y amor, estar atentos al milenario misterio de las palabras bien dichas.
Yo aún sigo pregonando libros en Sorromero, subida al viejo carro chirriante. Soy la sucesora de Diamante, su hija.
Llamadme por su nombre.

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