Cada mañana, después del desayuno, se sentaba en la terraza con su colección de bolígrafos y con su cuaderno de escritor a mano.
En una libreta pequeña llevaba anotados cientos de temas posibles de los que poder escribir en caso de que tuviese dudas ante la hoja en blanco.
Iniciaba entonces, con su hermosa caligrafía, un hilo de palabras que lo hacían volcarse por entero en la escritura. En esos momentos no había ningún otro afán en su vida. El tiempo se paraba.
El mundo seguía su recorrido (los poderosos se peleaban por el poder, los terremotos movían la tierra, las parejas luchaban por crearse y deshacerse...) pero él escribía, ajeno a todo. Escribía y deshacía, como Penélope, la labor, para volver a escribir de nuevo.
Después de la obligada siesta, cada día, después de haber dejado dormir el texto, lo remataba con el título, cerraba el cuaderno y lo guardaba en un cajón de la cómoda.
Así siempre, todos los días... Era la rutina que seguía religiosamente desde que su mujer muriese tiempo atrás.
Por las noches, antes de dormir, le leía a la fotografía de ella en su mesita de noche el microrrelato del día, como cuando estaba viva.
Era su manera, hermosa y susurrante, de seguir amándola.
Era su manera de seguir vivo.

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