A la memoria siempre viva y grata de mi abuelo Manuel, que jugó en el Riotinto Balompié
A veces, concentrado en las azarosas trayectorias de la pelota, apenas se fija en el muro de rostros del coro griego que, a sus espaldas, se mueve y grita al unísono como una enorme gorgona gigantesca.
En otras ocasiones, sin embargo, casi puede ver sus rostros, contarlos como un matemático impaciente, escudriñar sus gestos, sus enfados, las expresiones de sus manos, que luego, durante la noche, vuelven a aparecérsele en el partido del sueño.
Es entonces cuando imagina las vidas de aquellas personas de la grada del viejo estadio: sus trabajos, sus parejas, sus felicidades, sus miserias...
Ser portero da tiempo a veces de filosofar bajo el arco. Él se convenció hace tiempo de que su misión en la vida es parar balones para todo aquel muro de rostros que, detrás de él, lo anima, lo vitorea o murmura cuando comete algún fallo clamoroso.
Parar balones para el club, para el equipo, para la ciudad...
Cuando el equipo contrario avanza hacia su arco, despierta del ensueño de filosofar, se frota las manos y solo atiende a las azarosas trayectorias de la pelota.
Entonces olvida el muro de voces de detrás. Se concentra y para una y otra vez los balones con que la vida los asedia a todos.
Ser portero de una ciudad es una tarea inmensa, legendaria, mítica.
Como la criatura que, cada domingo, a sus espaldas, se funde con él para llevarlo en volandas por el cielo de Bilbao.


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