Tenía que caminar. Había ido posponiendo esa necesidad, pero esta vez se había convertido finalmente en una urgencia. Sus cada vez más frecuentes achaques lo habían llevado a las consultas de varios especialistas que habían concluido con la misma frase: "Tiene usted que moverse".
Hacía mucho tiempo que no ponía en marcha la vieja maquinaria de su cuerpo, pero no quedaba otra. La lista de las dolencias que ya empezaban a cercarlo no admitía ninguna vacilación.
Así que, un buen día, salió a la calle con una equipación de andarín dispuesto a dejar quilómetros atrás.
Al principio le costó. Decidió incluso comprarse un perro para tener la obligación de sacarlo a pasear aun en los días más desapacibles del año.
Acostumbrado durante años a pasar horas y horas de su vida de jubilado prematuro bebiendo, escribiendo o leyendo un libro tras otro entre las cuatro paredes de su loft de soltero, descubrió en sus caminatas un placer inesperado, el de escuchar con atención las frases sueltas de los diálogos de quienes se cruzaban con él en el paseo, las cuales formaban un nuevo texto inconexo:
"No puedo soportarlo..."; "menos mal que ganamos ayer..."; "el vestido que llevaba era precioso...".
Así, aparte de la mejora en su salud, el escritor descubrió que muchos argumentos de sus cuentos y novelas estaban fuera, esperándolo en sus callejeos.
Solo tenía que vestirse con la ropa de andar, ponerle a su perro la correa y salir a la calle (así lloviese o tronase) en busca de novelas que poder escribir a base de zancadas apresuradas.
En uno de sus paseos, finalmente encontró el amor. Pero ese es otro cuento.
Este llega a su
FIN

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