A mi querida amiga Anabel Caride
Hace unos años, volviendo del trabajo un día en los tiempos pandémicos del Covid, recibí la noticia de que se iban a celebrar a puerta cerrada unos partidos de baloncesto en silla de ruedas a los que yo quería asistir.
Literalmente me paré en plena calle para leer aquel triste mensaje que me había mandado un viejo amigo de la facultad.
Tanto me paré que aquella parada dio lugar a una serie de textos, publicados en este blog, que vinieron a acabar con una etapa de sequía de escritura en mi vida, motivada por las circunstancias de la peste que aún nos estaba asolando.
Aquellos textos se titularon Y me paré a escribir.
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El literato (y especialmente el poeta) es alguien, sensible al mundo, que se para a contemplarlo y, posteriormente, a filtrarlo con sus propias palabras.
Para ello, debe abandonarse a la lentitud, pues la prisa es mala consejera cuando se trata de volcar un mundo interior en el depósito de la página.
Javier Cercas cuenta, en este sentido, dos sabrosas citas en su libro El periódico de la democracia:
Oscar Wilde le contó en cierta ocasión a su amigo Robert H. Sherard que se había pasado el día entero corrigiendo un poema: «Por la mañana, le quité una coma. Por la tarde, se la volví a poner».
La otra cita es de Paul Valèry, quien observó que "los poemas no se acaban; se abandonan".
Versificar (y también vivir) es una lenta tarea de modelado de las palabras.
Vivir es un empeño que requiere de la lentitud en muchas ocasiones, porque la prisa nos lleva siempre por malos caminos, llenos de maleantes y de curvas que dan al vacío del despeñadero.
Queridos lectores: no se precipiten en la vida y, cuando les maree la velocidad con que los demás se manejan por ella, paren a un lado de la vía y disfruten de un buen vino, una grata compañía y unos buenos versos que hagan más feliz el camino.
Y no dejen de ponerles y quitarles comas a los poemas de cada día, antes de abandonarlos definitivamente.
Feliz puente de Todos los Santos.

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