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FOTOGRAFÍAS DE MIS ÚLTIMOS PERIPLOS

BODEGA DE SANLÚCAR DE BARRAMEDA   PEÑA EL ERIZO (CÁDIZ) ESCALERA HACIA LAS NUBES MACETA EN UNA PARED  (ROTA, CÁDIZ) MAÑANA DE NIEBLA DESDE EL TREN RAYUELA DE UN APRENDIZ DE NÚMEROS TECHO DE HOJAS EN LA BUHAIRA (SEVILLA) TERMÓMETRO LOCO CALLEJÓN DE LA COMEDIA (SANLÚCAR DE BARRAMEDA) PÁJARO MUERTO LETRAS DE UN INEDUCADO UN ESPÍA EN EL VAPORCITO

EL CONDENSADOR DE FLUJO TEMPORAL (Microrrelato)

   Aquel escritor, J., insatisfecho con sus textos breves y con la época de crisis y de prisas en la que vivía, la cual no favorecía la creación demorada y sin tiempo que era propia de eras pretéritas, decidiose a comprar un artilugio que le anunciaban una y otra vez en la parte digital de su cerebro: el condensador de tiempo de la marca Fluzo.    Era una especie de máquina del tiempo, pero muy lenta. Lo que hacía era estirar espacios de tiempo muy breves y convertirlos en otros mucho más largos. Así, verbigracia, un minuto lo estiraba el artilugio hasta transformarlo en un día entero, o en un mes completo si era necesario.    De este modo, J. empezó a estirar sus minutos de ocio para dedicarse a escribir una magna obra literaria, por lo que se convirtió en un polígrafo moderno.    Sus haikus dieron paso a extensos poemas épicos; sus cuentos, a larguísimos novelones; sus entremeses, a enormes dramas; sus artículos de opinión, a vast...

TEORÍA DE LAS NUBES (Poema en prosa)

     …Las nubes –dice el poeta [Campoamor]- nos ofrecen el espectáculo de la vida. La existencia, ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son «ideas que el viento ha condensado»; ellas se nos representan como un «traslado del insondable porvenir». «Vivir -escribe el poeta- es ver pasar .» Sí; vivir es ver pasar: ver pasar allá en lo alto las nubes. Mejor diríamos: vivir es ver volver . Es ver volver todo un retorno perdurable, eterno; ver volver todo -angustias, alegrías, esperanzas-, como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables.    Las nubes son la imagen del tiempo…    Texto de José Martínez Ruiz, Azorín , perteneciente al capítulo «Las nubes» de su libro Castilla (1912).    En tierras llanas como la nuestra, las únicas montañas que gozamos son las que las nubes crean con sus cambiantes y caprichosas formas.    A los contempladores nos g...

EL NIÑO EN EL ADULTO QUE SOY

   Quisiste ser niño para siempre y conservar en la memoria las palabras y los dibujos de aquellos libros (los primeros de tu vida); apresar el brillo, el olor y el color de cada instante; preservar la magia del alma de tus mayores…    Quisiste, ¡ay!, que los veranos fueran eternos; que el mar nunca se llevase enfurecido tu barco de vapor de juguete; que se eternizase tu aprendizaje de gacetillero entrevistando a porteras de balonmano en las olimpiadas escolares o a cómicos de la legua en el teatro del pueblo para el periódico del colegio; quisiste también que la barra de arena de la playa te surtiera siempre de coquinas; que no se fueran nunca de tu recuerdo feliz las miradas brillantes de tus primeros amores…    Creciste, tu cuerpo se llenó de carne y de arrugas ocultando el de aquel crío, y creíste, más tarde, más abajo en el caudal de la vida, que no podrías ser niño para siempre. Y un velo de tristeza empañó tus evocaciones.  ...

EL ADÚLTERO (Cuento)

A mi querida esposa, Eva María, a quien tanto quiero, que me ha ayudado a rematar este cuento    Fue en un momento de desconfianza en su matrimonio con Adela cuando Cristóbal conoció a Carmen.    Los habían presentado unos amigos comunes en la feria de Sevilla y luego había vuelto a coincidir con ella varias veces en el autobús de vuelta a casa desde el trabajo.    A partir de entonces, cada vez que volvían a encontrarse en el autobús, salían chispas de los ojos de ambos, y los dos lo sabían.    Su matrimonio duraba ya veinte años y, si no cansado de las rutinas diarias, al menos Cristóbal se sentía deseoso de cambiar en algo, aunque no sabía en qué.    Adela, su esposa, era una mujer entregada a él y a sus hijos (Antonio, de seis años, y María, de cuatro) y él la quería mucho. Sin embargo, algo que él calificaba como “la llamada de lo salvaje” lo tenía intranquilo, sobre todo por las noches, cuando daba vueltas u...

EL HUERTO DE MI ABUELO

     Mi abuelo Manuel tuvo un huerto, pero yo no lo conocí.    Lo veíamos a la izquierda, bajando por el camino de tierra, cuando algunos domingos íbamos al huerto de un tío abuelo nuestro.    Sus muros de piedra, caídos por la agresión del tiempo, eran testigos mudos de otras épocas, de risas antiguas, del crecer en silencio de las plantas.    Cuando, allí abajo del Monte Sorromero, los niños jugábamos a encontrar alacranes debajo de las rocas o subíamos, con esa inconsciencia de la infancia, a las copas de los frutales del huerto de abajo, no podía yo olvidar la imagen de aquellos ruinosos muros del de mi abuelo, y pensaba en los frutos de la tierra (plantas y hombres), y en los papeles, ya amarillos por el paso de los años, de la licencia para un huerto, más abajo de su lugar de nacimiento, que un buen día heredara mi abuelo.