Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

sábado, 30 de octubre de 2010



♣ Luis Cernuda, uno de los mejores poetas del siglo XX en español –injustamente valorado a estas alturas-, tras la publicación de Donde habite el olvido (1932-33) se ruborizó al comprobar el extremo de desgarradora sinceridad que habían alcanzado sus versos, como bien demostró la profesora María Eva Rey en una reciente conferencia a la que asistí como invitado.

Ese pudor extremo, propio de muchos escritores, se debe a que, mientras escriben, su obra es un depósito de emociones que consuela y reconforta, es una triaca que restaña sus heridas. La escritura es un proceso de diálogo del escritor consigo mismo, en una puesta en claro de sus tinieblas, al que se invita más tarde al lector como espectador. Al publicar, las palabras del autor, que habían sido para uno, son entonces para los lectores, hasta entonces una referencia envuelta en la indefinición. Las ideas se vuelven tinta sobre el papel y salen a la luz pública, expuestas a la crítica general acerca de ellas y de quien las escribió.

Creo que me vence el mismo pudor. No sé si deseo en realidad publicar estas tintas de vario color. Cioran decía que “escribir implica público y público implica publicidad”, pero no me veo con ánimo de firmar (vender) mi obra a los demás en el departamento de libros de unos grandes almacenes, como si fuera un charlatán: “señor, no le voy a pedir por este libro ni tres mil ni dos mil pesetas (hágase la equivalencia a euros); le voy a pedir mil pesetas, y además le voy a regalar...” No, no quiero eso. Sin embargo, si algún día acabo esta novela imposible, ¿deberé prostituirme de ese modo para vender lo invendible?, ¿profundizaré en la paradoja inmensa que se produce cuando la literatura que critica al mercantilismo a ultranza entra también en los entresijos del mercado que ella supuestamente detesta?

De todos modos, el venderme de esa manera quizás sea un mal menor: la única forma de llevar a los otros mis palabras. Pero –como dijo aquel crítico- ¿por qué?, o mejor: ¿para qué? Supongo que después de todo alguien pensará, cuando me vea alguna vez fotografiado con mi libro en las páginas de un suplemento semanal, que escribo por dinero, pero eso es algo que no me importa. Si algo tengo claro es que el dinero, fruto del esfuerzo, engrandece la obra buena y desvirtúa la mala. Lo malo es que no sé en qué categoría meter a mi novela (ésa es tarea del crítico) y que confundo (como otros muchos) cantidades con calidades.

Pocos saben el esfuerzo y la sangre que cuesta un libro para quedar convertido luego en objeto de compraventa, apenas contemplado su lomo en los estantes llenos de polvo de una olvidada librería. Como en esta sociedad del consumo no se sufre, su literatura no refleja en general (hay honrosas excepciones) ningún dolor. Para colmo, si se entra en las servidumbres del mercado, se potencia el afán de lucro en el escritor y la desidia y falta de criterio en el lector. Dios nos pille confesados.

Sí estaría dispuesto (¡qué bonito es soñar!) a aparecer fotografiado con mi novela el mismo día que la acabe bajo un bonito título que rezara: ÉSTA ES MI OBRA. SI NO LE INTERESA, NO LA COMPRE. Por otro lado, me inquieta no saber en qué punto, entre la gloria o el ridículo, me (o se) situarán mis palabras.

viernes, 29 de octubre de 2010


♣ ¡Dios! Acabo de entender los casos tan extraños que salen en estos últimos tiempos en televisión. A veces me asombro de mi estupidez.

Esta tarde veía un programa de televisión (vulgo pograma) en el que los contertulianos eran modelos de pasarela: grandes bocas pintadas de rojo, escaparates de miel. Cambié de canal y diez minutos más tarde volví a la misma tertulia: ¡seguían hablando de lo mismo! ¿Y cuál era aquel tema que requería tan hondas y extensas discusiones? Pues la discusión estaba centrada en si era mejor llevar pestañas naturales o postizas.

Me invadió una desagradable desazón. Pensé que los responsables de aquel bodrio no pensaban siquiera en transmitir ninguna información útil a la audiencia y menos en entretener. Su única idea era la de mantener durante bastante rato en primer plano la imagen de los turgentes senos (vulgo domingas) de aquellas señoritas, dejando embobada a la audiencia masculina e interesada por la última moda o por los avances de la cirugía plástica a la femenina, mientras los pases publicitarios engrosaban las arcas de la cadena. Pero -me hice una pregunta-, ¿si pusiesen a esa hora un documental o una película interesantes para gente inteligente, los espectadores no estaríamos más felices, teniendo que tragarnos los mismos anuncios y, además, sin esa desagradable sensación de haber perdido inútilmente minutos preciosos de nuestra corta vida? ¿No se educaría mejor a las futuras generaciones de ese modo, y no enfrentándolas desde muy temprano (me refiero con ello a la hora de emisión y a la corta edad de nuestros infantes) con la carga de hedonismo y frivolidad que nos invade?

Por favor, devuélvanme los minutos que me ha robado la televisión-basura. Con ellos podría quizás componer dos novelas mejores que ésta, una obra de teatro, el guión de una película, aprender a tocar la guitarra o el piano, o tirarme en paracaídas, o qué sé yo.

***


♣ “Tú eres una guarra, y yo soy más guapa que tú porque mis tetas no son de plástico” (frase oída en el programa de televisión antes citado).

Hay frases que resumen una época y ésta es una de ellas. Nuestra época, como casi todas las de crisis (en griego, ‘mutación’), se define, entre otras cosas, por el individualismo y la competitividad más radicales.


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♣ Voy a dejar de ver la televisión un día de éstos. Lo he decidido. Me inspira demasiadas ideas en un momento en el que debo definitivamente cerrar (inútil anhelo) mi obra.

No encuentro hoy en día un material tan importante para la inspiración de un escritor que una sesión vespertina de sofá y televisión (es el nuevo deporte: el sillón-bol). La voluntad de objetivar el mundo –otro inútil anhelo- que posee el novelista debe llevarle a ese escaparate del mundo y de la sociedad reales, cuyas imágenes tienen la virtud de reflejar una parte de lo verídico desde un espejo mágico que nos hace confundir vida, imágenes de la vida y ficciones.


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♣ La buena Literatura debe ser triste por definición, porque a sus autores, como a los cantaores de flamenco con sus penas negras, les debe doler el mundo. El novelista, como su visión pretende ser totalitaria, es pesimista (alguien dijo que la vida, vista en un momento concreto, es una comedia; en su conjunto, es una tragedia).

Pero el autor real no tiene que ser necesariamente pesimista. Mi humor está en mi vida, y no siempre en mi literatura. Las concesiones al humor las paga el lector: pase por taquilla al final.

jueves, 28 de octubre de 2010



♣ La nueva familia ultramoderna:

El padre primero le explicó a Luis que el padre segundo lo había tenido a él con una madre-probeta, que después resulta que se había ido a vivir con una tía suya (del niño), con quien había tenido gemelas concebidas de los depósitos de algún banco de esperma.

-Sí, eso lo sé. Pero papá primero, dime: ¿quién es la mamá de mi osito?, ¿le hicieron una operación de cambio de sexo?


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♣ El problema es que hoy en día la gente cree que ya no hay problemas. Alguien ha hablado del final de la historia, queriendo aludir sin duda al final de las ideologías revolucionarias.

Todo parece ya inventado, descubierto, hollado, manido; no hay utopías que localizar en lontananza. Se acabaron los pasquines, las proclamas y los manifiestos. En esta sociedad adormecida, atomizada (y también atómica), atontada y bien cebada son las cajeras de los supermercados las que tienen que dictar las normas básicas de educación: “Por favor (el por favor es opcional), pasen por esta caja respetando el mismo orden”. Pero si llegas y no lo respetas no pasa nada. Nuestra lista de derechos aumentó en número inversamente proporcional al de nuestras obligaciones.

Al fin y al cabo, el que se queja por algo que considera injusto es el que se lleva el gato al agua, pero lo hará siempre, en un 99,99% de las ocasiones, pensando solamente en su interés egoísta. A los demás que les den. Y el amable y educado que pierda.


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♣ Ayer presencié un caso curioso: un ciudadano cabreado había parado el tráfico en un paso de peatones y estaba dando un cursillo básico de normas de educación vial al conductor del coche que tenía delante, el cual –supuse yo por las trazas- había intentado pasar cuando aquel pobre caminante estaba atravesando la calle, con el consiguiente peligro para su integridad física y psíquica.

-Mire usted, esta señal indica paso de peatones (decía señalando con un puntero inexistente el dibujito del peatón sobre el paso de cebra). ¿Sabe usted lo que es un peatón o se lo explico de nuevo? ¡¡Y estas rayitas de aquí debajo indican que el peatón que cruza en un paso de peatones como éste de aquí debe tener preferencia!! ¿Es usted capaz de establecer una relación entre esta señal y lo que representa, so merluzo?


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♣ La nueva religión:

“¿Cómo dices?, ¿que qué? (gritando) ¡Ah!, por la salud de tu madre, ¿verdad, cariño? ¿Cuántos años tiene tu madre? Noventa, ¿eh? Espera, que voy a consultar con la bola... (apenas la mira) ¡Ah!, pues está mal de salud, ¿eh?...”

Los nuevos videntes son los oficiantes de la nueva religión, una religión más personal, más cercana a los problemas del hombre (y la mujer) de hoy, preocupada por su soledad infinita en la gran urbe y por los ceros de su cuenta corriente.


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♣ El censor:

-Mire usted, le voy a decir una cosa: me parece magnífico que usted se muestre preocupado por toda esa serie de valores que se han perdido ya, pero ¿por qué hace usted decir a su protagonista que no quiere ser patrimonio moral de nadie? Mire, yo creo que usted seguramente no es tan virtuoso como pretende aparentar, de ahí la contradicción que le comento. Lo suyo no parece moral sino moralina.

-Pues no, seguramente no soy tan virtuoso como pretendo que lo sea usted. Sin embargo, yo podré estar podrido por dentro, corrupto, saturado de maldad y egoísmo, pero debo mostrarme siempre digno ante mis lectores. Recuerde usted a don Manuel Bueno, aquel cura que imaginase don Miguel de Unamuno en aquella magnífica novela (San Manuel Bueno, mártir), roído por la culpa al verse obligado a hacer creer a sus feligreses aquello en lo que hacía tiempo él había dejado de soñar. Todo autor tiene una moral, un repertorio –que no escuela- de costumbres, aunque sea en tiempos amorales como éste que padecemos. Yo no busco acólitos, epígonos ni discípulos peripatéticos. Solo quiero que alguien sonría cuando lee mis palabras y que pueda considerarlas suyas, aunque no tengan ninguna utilidad. No soy más que un portavoz de lo que mucha gente piensa. ¿Algo que objetar?

-Nihil Obstat.

-Ah, bueno.


***


♣ La máxima de la variedad en la unidad, propia de la novela renacentista, la cual hizo posible El Quijote, hoy se hace llamar fragmentarismo o multiperspectivismo. Este afán nominalista de hogaño hace nominar también intertextualidad a la imitatio de toda la vida (por favor, nunca confúndase con el plagio vil).

El juego de los espejos, retratado una y otra vez por la literatura metanovelística y experimentalista, como ocurre casi siempre, no es una idea de la modernidad. El mismo Cervantes ya describió con la palabra baciyelmo dos caras diferentes de la realidad.

Este principio de “lo vario de lo uno” me posibilitará incluir al final de la novela algunas ideas y apuntes a vuelapluma que completan la estructura de la obra. Ésta se inicia en el otoño con la estructura de la novela tradicional y concluye en primavera con la novela moderna en la que gozosamente me incluyo, aunque sea desde el fondo de un oscuro cajón en el que seguramente reposará mi bella obra inédita.

miércoles, 27 de octubre de 2010

TEMAS NO DESARROLLADOS EN "UNA NOVELA IMPOSIBLE"

♣ Pérdida de los vínculos del hombre actual con la madre Naturaleza, con la tierra de la cual procede. Los niños de ciudad piensan que la leche la producen en fábricas igual que las galletas.

Las leyendas urbanas de hoy, como la de aquel usuario de ordenador que confundió el receptáculo de CD-Rom (cederrón) de su aparato con un posavasos, son pésimas imitaciones de los cuentos tradicionales. La oralidad es la única característica común a ambos ciclos de leyendas. De todas maneras, estas leyendas urbanas aún demuestran el poder de la palabra, a pesar de su sencillez, y que el hombre, aunque se rodee de cemento y ladrillo, la necesita para tocar a los demás, al otro, para convencerse de que el infierno no son los otros. Ahí va otra recientemente escuchada: un hombre se monta en un ascensor en el que ya hay varias personas. Dice amablemente, como le enseñaron desde chico, “buenos días” y nadie le responde. Entonces añade “bueno, como aquí no hay nadie me voy a tirar un pedo”, y suelta un sonoro cuesco que deja atufados a vecinos tan maleducados.

Ya el chiste ha dejado en buena manera de cumplir la función de entretener; al hacerse exclusivo de la televisión, perdió su fuerza e implantación entre la gente. Las leyendas de la sociedad de hoy nos vienen casi todas de la caja tonta, que acabó hace mucho tiempo con casi todas las tertulias vecinales.


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♣ Me pregunto a veces qué es lo que lleva a tantas personas a tener el deseo o necesidad de salir por la caja estúpida que es la televisión. Quizás sea el anhelo de permanencia, cuando ya no sirve aquello de tener un hijo (cada vez nacen menos), plantar un árbol (cada vez se destruyen más) y escribir un libro (cada vez tienen menos sustancia y menor relevancia).

Es increíble el poco pudor que tiene el personal a la hora de contar los detalles más morbosos de la vida personal en televisión, detalles que quizás se avergonzaría de contar en la intimidad a algún conocido y que, ante ese espejo de breve fama que es la cámara, no tiene ningún tapujo en diseccionar.


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El crítico (otro capítulo inconcluso). El crítico cumple su función, ocupa su sitio, como todas las piezas del puzzle de la cultura libresca. Todos los escritores dicen no tenerlos en cuenta (ni leerlos siquiera), pero esperan como agua de mayo sus sentencias.

Espero que mis críticos, si alguna vez los tengo, no lleguen al grado de despiadada eficacia de aquel colega suyo que firmó en un tabloide creo que británico una crítica más o menos parecida a ésta: “X ayer dio un recital de piano en tal sitio. ¿Por qué?”.

No es mi intención demonizar al crítico. Al contrario: una de las visiones más hermosas de lo que es la literatura se la leí a uno de ellos. Emil Staiger pensaba que lo lírico o lo dramático no está vinculado solo a la literatura. Según él, puede surgir un impulso lírico contemplando un paisaje o un impulso dramático al presenciar una pelea.

Según esto, todos somos autores, todos hacemos una literatura del sentimiento y no necesariamente de la escritura, una literatura en la vida y no siempre de la vida. Pocos somos los que inútilmente pretendemos conciliar el sentimiento con la palabra justa, huidiza.

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♣ Ya no existen los pueblos. Véase en este ejemplo tomado de la televisión:

-¿Y de dónde dice usted que llama, señora?

-¡De Torredonjimenooooooooooo!

-¿De dónde?

-De Torredonjimeno, Jaén –con voz resignada la señora-.

-Ah, de Jaén, la señora llama de Jaén.

¿Y qué decir de la imagen del cateto de pueblo, que aún perdura sin cambios entre los habitantes de la tierra del cemento? Vale, sigan pensando en esa imagen decimonónica del pobre pueblerino que llega a la gran urbe buscando el pan, pero sepan que en los pueblos todavía la gente no vive ni anda como autómatas, como esclavos del reloj.

martes, 26 de octubre de 2010

VARIOS FINALES DE NOVELA

1. Cuentan que un día llegó una mujer al cementerio (parte superior). Llevaba un bolso que ocultaba un bote con las cenizas de su marido y de su único hijo, muertos en accidente. Al llegar a la tumba de sus padres, abrió el bote, esparció las cenizas alrededor, sacó una pistola y se disparó en la sien.

Cerró el ciclo de su vida.

2. Cuentan que X no quería ser incinerado pero lo fue. X había sido forofo de un club de fútbol en vida y su hijo, después de muerto, lo continuaba llevando al campo y cuando marcaba alguien un gol con la pierna, el culo o incluso la mano, que para el caso es lo mismo, su hijo levantaba el bote y su padre y él hacían la ola.

3. Final surrealista/formalista/onírico: Lo asesinaron. Cayó su sangre sobre el campo santo convirtiéndose en rosas que se abrían. Los pétalos rojos llovían hacia el cielo. La sangre se desparramaba en flores, en aire, en delicia de instante sublime, mientras su cadáver exquisito aún no caía al suelo, a la madre tierra, inmortalizada su caída en forma de estatua de carne, como la del alcanzado por el rayo en los avisos de peligro de descarga eléctrica. Antes de morir la vida daba toda círculos en derredor de su fuente de líquido rojo, de su rosal florido, que empezaba ya a mojar las calaveras de los de abajo.

¡Oh, la inmarcesible y serena belleza de lo trágico!

lunes, 25 de octubre de 2010

APUNTES PARA UNA NOVELA IMPOSIBLE



→Sensación que tiene el escritor de que la vida se le escapa por su literatura, de que ésta nunca puede reflejar el mundo, la sociedad cada vez más cambiante. Cuando termina la novela han cambiado él y la sociedad, de ahí el impulso de rehacer su obra, en un intento vano de simultanear su novela y su vida. Es éste el temor al punto final.


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→Érase un hombre a un móvil pegado. ¿Por qué un gran número de los usuarios de teléfonos móviles, como se ha comprobado recientemente en un estudio estadístico, los utilizan en un 90% de ocasiones para hablar de sus teléfonos móviles?


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(...) EL AUTOR: Les diré entonces a los que me acusan de conservadurismo que me da igual que lo hagan, que no dejaré de criticar al caciquismo del igualitarismo actual (hay que poner límites a la libertad y hoy tiene más derechos quien más se queja y grita). ¿Que me acusan de libertario? Pues me da igual también, no dejaré de criticar el excesivo neoliberalismo consumista de la actualidad y sus devastadoras consecuencias, la marginación en los barrios periféricos del capitalismo. Pero, ¿y usted?, ¿con qué se queda de mi obra?

EL LECTOR: Mire, yo también hago mis pinitos en esto de la escritura. He escrito ya dos ensayos aún inéditos que creo tienen puntos de semejanza con algunas ideas suyas: La teoría del error y La idea y el ejemplo. En el primero critico la idea de que hay que equivocarse para aprender, cuando está demostrado que es mejor favorecer el trabajo bien hecho que el error. En el segundo señalo que la principal diferencia entre la naturaleza del cerebro de un niño y el de un adulto se basa en que el primero se centra en ejemplos y el segundo en ideas. Así, para hablar de la educación, por ejemplo, un niño pondrá muchos ejemplos de maestros, profesores, clases y compañeros diferentes, mientras el adulto simplificará ese batiburrillo reduciéndolo a una serie de ideas (la disciplina, la importancia de la cultura, lo bien que está la educación ahora...).

A.: Perdone, pero no creo que ahora la educación esté tan bien. Es más, creo que está peor que nunca, porque genera analfabetos funcionales que son los que sirven al sistema.

L.:¡Otra sandez! ¿No será primero la gallina antes que el huevo? Dígame usted quién crea esos analfabetos: ¿no serán responsables la televisión que padecemos o la propia sociedad, que reduce sus niveles de exigencia y excelencia hasta límites nunca vistos? Mire usted, yo soy pedagogo y...

A.: ¿Pedagogo?, ¿que es usted un pedagogo?[...]

sábado, 23 de octubre de 2010

Quizás deba dedicarme al subgénero novelístico en boga hoy en día: la novela histórica. Pero me pregunto cómo podría conciliar la novela con la historia, lo inventado con lo real. Aristóteles dice que “la Poesía [entiéndase Literatura] trata las cosas más en lo universal, y la Historia las trata en particular” (Poética, IX, fol. 23). Si el historiador va atado a la sola verdad y el poeta puede ir de acá y por acullá universal y libremente (en palabras del aristotélico Alonso López Pinciano), ¿cómo se compenetran lo particular histórico con lo universal novelesco, o sea, la verdad con la invención? Los preceptistas clásicos y neoclásicos admitían un cierto grado de verosimilitud (de credibilidad) en las obras literarias. Dicho grado de verdad inventada estaba en función del lema horaciano docere delectando (enseñar con el placer).

Hoy en día no quedan apenas preceptistas literarios ni de otra índole (¿quién se atreve a dictar normas cuando se han perdido todas?) ni tampoco existe la obligación de enseñar nada con una novela, el género de la libertad más absoluta (tanta que se cuestionan una y otra vez su esencia y sus rasgos). Por ello, creo que la novela histórica abusa del famoso se non é vero é ben trovato, convirtiéndose en una forma más de ausencia de compromiso de los escritores. ¿Qué mejor forma de eludir escribir acerca de la sociedad actual que hacerlo de una pasada sociedad totalmente fantaseada? Porque ésa es otra: si los estudios históricos no pueden nunca ser objetivos, al tener que aplicar visiones contemporáneas sobre hechos del pasado, ¿no han de serlo menos las visiones noveladas de nuestra historia?

Las novelas que más hablan hoy del hombre contemporáneo son las policíacas, subgénero más que manido y tratado ya desde todos los ángulos posibles. Pero en esas novelas la ciudad moderna es solo el marco, el ambiente que sirve de adorno del cuadro de la escena del crimen.

Muchos escritores/intelectuales evitan hoy la mención de los problemas actuales, del hombre actual y la sociedad actual. Prefieren mantener caducos esquemas decimonónicos que apenas casan con visiones más verosímiles de la modernidad (o posmodernidad). Quizás también el propio mercado, al imponer la velocidad en la producción cultural (antes llamada “creación artística”) hace imposible la reflexión serena, el trabajo concienzudo y metódico de análisis y crítica.

[Nota: no creo que valga mucho como escritor, pero sí quizás como crítico, pues compruebo con asombro que casi le estoy haciendo el trabajo al hipotético o inexistente –mejor imposible- crítico futuro de mis escritos].

Bien, ¿por dónde iba?..., ¡ah, sí!; es muy fácil sacar hoy novelas como churros cada año, y decir con eso que uno es una reencarnación de Balzac o de Lope de Vega, famosos por su proverbial prodigalidad artística, repitiendo hasta la saciedad moldes ya caducos. Yo preferiré siempre sacrificar la publicación en aras de la innovación y la independencia y no al revés. No quiero con esto decir que deban sucumbir los escritores por encargo, ¡ni mucho menos!, ¡válgame Dios de afirmar tal cosa! Que escriban mucho, porque tienen su hueco y, lo que es más importante, un público numeroso al que seguramente atraparán mejor novelas fáciles que algunos ensayos novelísticos como el mío. Pero, por favor, que no me digan que escriben como Galdós, o Clarín o Cervantes. No soy yo quién para elaborar un canon literario contemporáneo (idea por otro lado discutible en una época en que ya todo y todos valemos exactamente lo mismo, gracias al triunfo hasta ahora no bien valorado de las democracias modernas), pero solo diré para concluir este asunto que a lo largo de los siglos, por mucho que haya el devenir histórico dado vueltas y más vueltas, nunca se han confundido tanto, no hasta el punto en que hoy se confunden, calidad con cantidad. ¡Ah!, y quien tenga ambas que tampoco se compare con otros, por Dios; mire usted, ése es trabajo del crítico, que se gana el pan con su oficio y también ocupa su lugar en el teatro del mundo y de las letras, ¿no?

Lo demás...

viernes, 22 de octubre de 2010

En esta época audiovisual, escéptica y pesimista acerca de la bondad del hombre hemos olvidado el poder del lenguaje. Es cierta esa vieja idea (como todas) de que es imposible reflejar realmente pensamientos y sentimientos totalmente personales en un instrumento de todos, darle nombre exacto a las cosas; sin embargo, aún nos queda una revolución pendiente: la de la palabra. No podemos renunciar a esa revolución, pues de lo contrario renunciaríamos a ser humanos.

A veces desecho yo también el contacto cercano de la palabra amiga o me cruzo con alguien en el ascensor que apenas masculla un en o un ag, lengua de bárbaros que intenta imitar el antiguo hola (no hablemos del arcaísmo buenos días) sin ni siquiera mirarme a los ojos. Antes me enfurecía, me quemaba por dentro, pero ya no más. Dejé hace tiempo de confiar en la naturaleza bondadosa y amable (“susceptible de ser amado”) del hombre contemporáneo. El imperio de la prisa y el salvajismo del mundo del trabajo nos anulan y nos desquician, acabando con siglos de civilización en los que nuestra especie se definía por el contacto (no siempre bondadoso, por supuesto, pero contacto al fin y al cabo) con el otro.

Puedo llegar a entender que lo único que el ciudadano medio desee después de un largo día de faenas sea atontarse con las desventuras de cuatro o cinco indocumentados que no saben hacer otra cosa que salir en televisión, y que no quiera saber nada de libros, películas, obras teatrales o programas realmente interesantes que le hagan pensar en el mundo que lo rodea (yo mismo me imagino a veces como un hipotético lector de mi novela que la acusa de ser un simpático experimento aburridísimo).

El amor hacia los demás y la amabilidad viven hoy sus horas más bajas. Solo me quedan entonces estos desahogos de tinta y papel que nacen ya muertos, sin posibilidad de compartirlos con nadie. Es la mía una novela muerta desde la cuna. Por eso acabo de decidir ahora, mientras escribo esto, que nunca la terminaré, que se quedará en un aborto literario de los míos, más largo que los anteriores, pero aborto (perdón: interrupción voluntaria de la escritura) al fin y al cabo. En fin, escribir para uno mismo es una soberana tontería, como era el caso de mi protagonista.

jueves, 21 de octubre de 2010

Me gustaba aquel escrito (leer entrada anterior) por varias razones:

1ª. La palabra manifiesto no la había leído o escuchado en mucho tiempo referida a cuestiones culturales, casi reducida en la actualidad al ámbito del famoseo.

2ª. Se hablaba en él de la revalorización del arte, masacrado por una falsa o interesada lectura del impulso renovador de las vanguardias de principios de siglo y por una comercialización atroz (pasa igual que en el mercado literario: la rapidez que impone el implacable contrato acaba con la excelencia).

y 3ª. Por esta oración: “Arte y Literatura no tienen valor práctico, pero sí trascendente, no evaluable desde presupuestos exclusivamente comerciales”. Esta idea me hizo volver a pensar en que no todo el mundo puede valorar o apreciar estas dos disciplinas, tan denostadas últimamente, a pesar del acceso masivo a las mismas. Por otra parte, pensé, ¿qué valor tiene entonces el Arte en una sociedad materialista como la nuestra, en la que Van Gogh es más conocido, a pesar de su grandísimo arte, como el autor del cuadro más caro de la historia? [Paradoja: murió sin un céntimo en el bolsillo].

Me pareció interesante que un grupo de artistas y escritores reclamasen aún, en esta época individualista, el valor del Arte. Un rayo débil de optimismo traspasó mi corazón, escéptico y pesimista por naturaleza, aunque la herida fue tremenda cuando descubrí, tras las firmas de sus autores, el logotipo de una conocida empresa de refrescos que promocionaba el documento. Mi débil gozo en un oscuro y profundo pozo. Se criticaba la mercantilización del arte y la literatura desde el propio mercado. ¡Menudo chasco (o asco)!

Pero, ¿y mi narración? Igual que su protagonista, yo había perdido el hilo inicial que me llevó a escribirla. La tarde de otoño que me inspiró inicialmente me parecía ya muy lejana, y la idea que me vino entonces de escribir una novela se difuminaba entre un maremagno de palabras repetidas. Quizás me iba a convertir de verdad en un escritor del No.

En realidad, del único tema del que un escritor puede hablar es de la vida en general y sus accidentes en particular. La vida..., todo aquello que no es literatura. Son procesos parecidos en mi mente Vida y Literatura: cuando vivo escribo mentalmente mis vivencias, y cuando escribo degusto intensamente la vida en su esencialidad, en el néctar falseado y denso de mis sensaciones, el cual es producido por las palabras con las que me embriago.

O sea, si solo puedo hablar de la vida (nada más y nada menos), que es algo ajeno a mi literatura, únicamente me quedan dos opciones (manía disyuntiva la mía):

A). Escribir sobre la inefabilidad de las experiencias mundanas vividas por mí (si definimos lo inefable como experiencia que no se puede transmitir, en el sentido de hacer sentir).

B). El No del escritor.

Otra tercera opción es la que hasta ahora sigo: seguir escribiendo aunque sepa, como mi protagonista, que no tiene ningún sentido hacerlo.

Lo demás, como dice Shakespeare, es silencio, es la nada o el No a todo (a veces van unidos el No a escribir y el No a vivir). Pero, ¿por qué los seres humanos nos empeñamos en rellenar anaqueles de librerías, casas y bibliotecas con libros y más libros en una cadena interminable desde hace siglos?, ¿por qué o para qué esta biblioteca de Babel que recorre los siglos? ¿Por qué tantas palabras? Quizá la respuesta correcta sea la misma que la de aquel escalador al que le preguntaron por qué subía tantas montañas: “porque están ahí”.

miércoles, 20 de octubre de 2010

“La desmitificación del arte en el siglo XX (se empezó por escribir la palabra en minúsculas) ha producido efectos dañinos en la cultura moderna. La ruptura producida por las Vanguardias supuso una liberación positiva de las formas artísticas tradicionales, cerradas durante siglos a la innovación. Sin embargo, esa liberación ha sido mal entendida en algunos casos o aviesamente utilizada en otros, con lo que el resultado ha sido que todo valga lo mismo en arte. Pensamos, por el contrario, que en el Arte no todo debe tener la misma valía, pues éste debe ser el reducto de los mitos, las imaginaciones, los sueños, las fantasías y los temores del hombre. Aun concediendo que por definición el arte puede no tener trascendencia (que ya es conceder), sí es cierto que debe ser excelso, sublime. No debe tener como aspiración ser vendido en ristras de fotocopias, comprado con un carrito de supermercado o ser degradado por un presunto afán rupturista e innovador que esconde la cara más dura que pueda imaginarse. Vale, de acuerdo, usted piense que la Venus de Milo obedece a un concepto caduco del arte y de relación entre artista y sociedad, pero intente, si puede, imitarla y a partir de ahí hablaremos. ¿Por qué Picasso es un genio? Pues porque con dieciocho años pintaba igual que Velázquez en una época totalmente distinta y porque hizo evolucionar su obra acorde con su tiempo. A partir de él abundaron los malos imitadores del malagueño y escasos artistas ilustres. Cierto es que nosotros no somos especialistas para establecer ningún canon de excelencia (los que lo intentan hoy en literatura o en cualquier otro campo son atacados por todos lados), pero es verdad que tiene que haber una diferencia entre la obra de Picasso y los experimentos neo-experimentalistas que aúnan materia y espíritu, densidad y color, en una suerte de Neo-Renacimiento de la traza y la forma, del lujo y de la letra, del sabor y de la esticomitia (así describía un crítico de arte una reciente instalación –así llaman ahora a algunas obras- consistente en un carrito de la compra con una bombona de butano dentro). Lo mejor es muchas veces la crónica que lo que ésta describe.

El artista moderno suele afirmar en sus declaraciones que busca llamar la atención del espectador, en un afán rupturista y rompedor. Pues no, mire usted, al espectador le llama la atención su obra, pero para no volver a verla más. Si tiene algo que decir, dígalo de verdad con su arte sin necesitar de un título revelador o de un crítico amigo, pero, por favor, no nos haga ver lo que no está puesto y, sobre todo, no nos tome el pelo pretendiendo hacer pasar por arte el diseño vanguardista de una mierda de artista.

Por otro lado, no todos podemos ser artistas ni creernos que podemos apreciar el arte. La sociedad de consumo aplicada al Arte supone la decadencia de la civilización occidental”.

Estas palabras que incluyo aquí las leí hace poco en un Manifiesto por un Arte sublime que algunos intelectuales dejaron caer entre las páginas del periódico que suelo comprar y a veces leer.

Dicho manifiesto criticaba las consecuencias del acceso generalizado de las masas a la cultura (se habla de la cultura de masas) y la conversión de ésta en producto comercial, algo que ya había yo comprobado en mi visita a varios museos famosos. En ellos los turistas japoneses, alemanes, españoles o filipinos contemplaban los cuadros de Van Gogh, Goya, Rembrandt o Picasso con el mismo interés con que luego admiraban el espectáculo de cabaré nocturno o los verdes chillones de los sofás de escay de una hamburguesería. Recuerdo que una tarde de verano de hace algunos años, en un atestado museo parisino, un grupo numeroso de desorientados turistas (que no viajeros) se fijaba en los detalles microscópicos de las pinceladas de una impresionante colección de cuadros impresionistas a un centímetro de los lienzos. Pero, ¿es que nadie les había explicado que había que contemplarlos a distancia?

El Manifiesto continuaba así: “El acceso masivo al estado de bienestar (¿bienestar para quién?) ha frivolizado el arte. Ya habló Ortega de la rebelión de las masas, sin que nadie en su época pareciera entender su idea, acusándolo de reaccionario (hoy también se lo acusa –también a los que se atreven a citarlo- de ése y de peores pecados). Quizás también nos acusen a nosotros de lo mismo, por lo que, adelantándonos a cualquier malentendido, decimos que creemos en la aristocracia del gusto y del esfuerzo; rechazamos la selección natural por el origen tanto como la abominable universalización de la espuria idea del aquí todo el mundo vale”.

martes, 19 de octubre de 2010

Hace unos días estaba un servidor escuchando una tertulia radiofónica en la que se discutía si las grandes superficies comerciales (los grandes templos del hombre de hoy, como bien nos cuenta Saramago) pueden abrir veinticuatro horas al día durante todo el año. Pues bien: un oyente llamó al programa defendiendo esta apertura sin límites, alegando que “hay que racionalizar las estructuras económicas, puesto que las pequeñas empresas resultan inflacionistas”. Es decir, en cristiano, que como hay que abaratar costes, pues que se demuelan las tiendas de toda la vida con sus dueños dentro si es posible. Eso que se lo digan si pueden a Mariano, el dependiente de toda la vida de la ferretería de mi calle, con más de cuarenta años trabajando allí. Verán lo que les contesta: ******** (irreproducible).

Me pregunto qué literatura frecuentará aquel tipo de la radio: más bien ninguna, porque ésta será para él una inútil pérdida de tiempo, al tener una agenda tan ocupada y racionalizada. Aunque quizás me equivoque y sí se ocupe de leer lo último del mercado, aquel libro de allí, señorita, sí, el primero de esa lista, sin tener ni pajolera idea de lo que está comprando. O peor, quizás sea uno de esos tipos que compra los libros por metro cuadrado y/o por el color del lomo, para que queden muy bonitos al lado del jarrón cerámico horroroso de la tía Perica, claro que es un compromiso, oye, que luego ella viene mucho a casa y si resulta que no está el jarrón... y claro, los libros lo disimulan un poco.

¿Y en Arte? Lo mismo de lo mismo. A cualquier mosca estampada contra un gran lienzo blanco la llaman hoy obra de arte. Hoy aparecen en las enciclopedias los vulgares cuadros de Van Gogh al lado del diseño futurista, minimalista y a la vez cándidamente exhibicionista de una silla de diseño de Mattita Rivelles.

El artista total (humanista, artesano, filósofo...) ha sido reemplazado por el diseñador de moscas o por los autores de graffiti (el arte urbano de hoy en día). En realidad, obra de arte es también ese traje del diseñador Tal, las gafas de diseño de Fulano Pascual o la falda de piel de leopardo imitación de Mengana Zotal, que luce nueva talla de pecho, ¿no te has enterado?, tú eres un inculto, hijo. Pasa lo mismo con la palabra cultura, oye: hoy se hiperutiliza para todo (todo es hoy hiper- o super- lo que sea). Se habla de “la cultura del fútbol”, de “la cultura de la tapa” o ”la cultura de la aceituna sin hueso”. Todo es hoy cultura, hasta la mosca aplastada en el lienzo. Por cierto, ¿cuándo morirá el último humanista? Cada vez que fallece algún ilustre prócer de los de antes lo quieren definir con esa etiqueta. ¿Es que el Humanismo aún no ha muerto del todo? Eso demostraría que aún hay esperanzas, que no todo está perdido.

lunes, 18 de octubre de 2010

Adoro la literatura mágica y hermética, la literatura antiheroica que se inicia con los románticos. La buena literatura de la modernidad o posmodernidad es, por definición, antiheroica, descreída, escéptica, igual que el mundo en que surge. Por eso han ganado terreno también los medios audiovisuales: con sus héroes de milésima de segundo, sus efectos especiales y sus sonidos estridentes cubren la necesidad de historias ajenas, añejas o no, que tenemos todos los seres humanos (ahora se dice personas humanas). La buena literatura hace tiempo que dejó de creer en los héroes, pues los tiempos dejaron de ser épicos. La palabra, que es sabia por su antigüedad, se ha vuelto escéptica ante las barbaries que ha descrito y la imagen, prácticamente recién inventada, conserva aún una pura inocencia que logra emocionar. Aparte de que llega más al espectador por el escaso esfuerzo que suele requerir su contemplación.

La idea, muy antigua por otra parte, de que todo está ya descubierto o inventado, de que lo nuevo solo lo es en la apariencia, en la forma, tiene también gran parte de culpa de este desengaño de la palabra. La vida y su reflejo, la literatura, son repetición constante, de ahí la sensación de reiterar una y otra vez algo vivido o escrito antes, sin poder escapar de un círculo viciado (esto creo que ya lo he escrito antes). Los franceses llaman déjà vu (lo ya visto) a esa sensación de vivir algo que se cree haber vivido antes, aunque se sepa con seguridad que no ha sido así. El déjà vu es una grieta en la arquitectura del sueño de la vida. Nos demuestra que hay resquicios ocultos de la vida por los cuales nos damos cuenta de la irrealidad de lo presuntamente real, de la mentira de los sentidos. Es la falsa sensación de haber vivido todas las vidas. La literatura queda entonces como algo ya visto, ya vivido, ya leído, por lo que pasa a acumular polvo en estantes olvidados.

En estos tiempos también se pierde la importancia de la forma o de las formas, y cuando la forma deja de tener importancia, cuando es lo mismo escribir hombre con o sin hache, con o sin be, entonces perdemos el significado que ocultan las letras.

Pero hemos de seguir escribiendo, aunque nos invadan los bárbaros con sus lenguas rudimentarias y sus cerebros atrofiados por imágenes vanas y sin sentido. No podemos renunciar a la palabra escrita, aunque cada vez sea menor su influencia, aunque avance sin descanso por las llanuras de la desidia la lengua oral (el tío-tío) de los hombres sin civilizar. Un pueblo que abandona el uso y el gusto de la escritura retrocede miles de años atrás en la evolución humana. Igual que en la Edad Media algunos monasterios preservaron la llama del saber, debemos los escritores y todos aquellos profesionales relacionados con la comunicación en general cultivar el cuidado por estas flores de cultura que son los libros (no solamente regándolos, sino también plantando esquejes y haciendo injertos por doquier), a pesar de que algún milenio de los que han de venir quede arrasado nuestro jardín por la negligencia, el desinterés o la inquina.

Desde luego, prefiero no mencionar (aunque termino haciéndolo) la idea que circula por ahí de que el mejor escritor es el que más dinero gana. Si nos obstinamos en meter la literatura, o el Arte en general –también con mayúsculas-, dentro de los cauces de producción capitalista normales, entonces apago y me voy:

(Cuadro de texto totalmente relleno de negro)

sábado, 16 de octubre de 2010

¿Y la Literatura como tema? Pero, ¿qué tipo de literatura? No hablemos de esa literatura adocenada y barata que entra en la mercadotecnia y el mercantilismo más mercantilista. No existe una cosa más triste que un libro con un código de barras en la contraportada, etiquetado igual que otro producto más del híper, en la misma cesta de las alitas de pollo o del papel higiénico. Abomino de una literatura únicamente atenta, desde su propia naturaleza, a las leyes del mercado, al marketing y a la venta al por mayor, rechazo el premio-patraña y la imagen literaria del escritor bohemio, falsa careta que esconde una cuenta corriente inflada de millones. Adoro, en cambio, la que Vila-Matas (Enrique Vila-Matas: Bartleby y compañía; Anagrama, Colección Narrativas hispánicas, Barcelona, 2000) denomina “literatura del No”, la de la renuncia a las falsas apariencias literarias o vividas, el no del creador que considera que el silencio de la escritura es una opción mucho más coherente y menos desgarradora que la condena de la escritura. ¿Cómo responder a una sociedad que me anula? Pues sencillamente anulando mi respuesta a esa sociedad, con lo que ésta queda por debajo.

Sin embargo, en mí hay un escritor que ahoga a veces al lector, o viceversa, y cada uno tiene sus gustos diferentes: como lector me gusta conocer la literatura o los autores del No (alternando su lectura con la de autores del Sí: No-Sí-No..., esto parece el deshojar de la margarita); en cambio, como escritor debo decir Sí a la escritura, aunque sea un Sí agónico, febril, amargado en ocasiones.

De todas formas, estos escritos sin cuerpo ni esencia creo que son ya impublicables, por lo que ¿qué más da repetir una y otra vez mis obsesiones y amarguras? Quizás en mi escritura del Sí se oculte una literatura del No en algún secreto recoveco: es un Sí a escribir páginas y páginas que sé No se van a editar jamás.

Creo que Si repito la frase anterior mil veces, seguro que No me publican esto nunca jamás de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases de los jamases... (por favor, que se ponga en contacto conmigo el lector con anhelo de infinitud que haya leído todo este párrafo; ¡ah!, ¿es usted? Gracias).

Este es el conflicto de todo escritor: la lucha entre la renuncia a la expresión absoluta en perjuicio de su libertad y el rechazo a someterse a las ataduras del mercado (abominable palabra) de las editoriales.

viernes, 15 de octubre de 2010

Me parece que me estoy volviendo un pelín apocalíptico. Creo que debo entonces ver un poco la televisión para distraerme un ratito y no pensar en otra cosa que no sea la novia de aquel futbolista; ¡ah!, ¿pero ya no es la novia? Ahora vende la exclusiva de la ruptura con fotos y declaraciones. Sí, estoy convencido de que ésta es la auténtica literatura que hoy tiene más éxito, aquélla de la que todos hablan.

En otro canal emiten un partido de fútbol de tercera división intrascendente. Pienso, mientras observo las imágenes del combate (uno no puede dejar la mente quieta ni siquiera viendo la televisión) que la batalla del lenguaje está definitivamente perdida. En un momento determinado, un tal Chiqui II (nombre de can) cabecea a gol el impresionante centro (así lo describe el cronista, igual que si fuera una obra de arte) de Pepín el del Sadar, quien había previamente realizado un impresionante regate al lateral derecho del equipo enemigo.

¡Éstas son las gestas que ahora se cantan! Quizás habría que revisar los géneros literarios en la actualidad:

1. Poesía:

1.1. Épica: retransmisión de un partido de fútbol.

1.2. Lírica: programa televisivo de realiti chou y pañuelo incluido por la pena que dan estos casos verídicos.


2. Teatro:


2.1. Drama: el morbo de los sucesos del telediario (antes parte).

2.2. Comedia: anuncios “graciosos” que sacralizan el consumismo.

2.3. Tragicomedia: desfile de famosillos por televisión.


3. Narrativa. Crónicas de sucesos luctuosos o banales que llenan el vacío de las noticias importantes que no existen. El subgénero narrativo más habitual es el costumbrismo zafio.

jueves, 14 de octubre de 2010

La literatura, ese sueño del sueño que es la vida (como esos sueños en los que soñamos que soñamos) tiene los días señaladitos con chips de silicio y megaherzios de espanto, con sonido Dolbi-KETKGAS y la leche en vinagre. El bonito que se sienta hoy dos horas seguidas a leer un legajo o está loco o le falta poco para el cruce de cables.

Esta destrucción de la cultura libresca confirma mi Teoría, la que sustenta gran parte de lo que escribo, la que tiene gran culpa de que lo haga: estamos en la vía de salida hacia una nueva Edad Media, debido no solo al auge de la cultura audiovisual, que no tiene la fuerza ni el empuje ideológico de las palabras, por mucho que citen la estúpida frase de la imagen que vale más que mil palabras, sino también a que las nuevas generaciones han perdido aquello que debería ser consustancial a la naturaleza humana, un sentimiento que nos ha acompañado desde nuestros primeros pasos bípedos: el miedo.

Si hacemos una Historia del miedo (apasionante tema) veremos que son múltiples los temores que han acompañado a la humanidad desde que dejó de colgarse de los árboles:

28.000 a.C.; Neander Tal (actual Alemania): Hnug teme el frío, la llegada de la noche, el ataque del tigre de largos colmillos, la Ley y la muerte.

1.100 d. C.; Amsterdam (Holanda): Hans teme el frío, la llegada de la noche, la peste, las malas cosechas, la Ley y la muerte.

1.790 d.C.; Cáceres (España): Don Sebastián de Zúñiga Mengod teme la llegada del frío, la llegada de la noche y que se termine el tabaco de su pipa. Por supuesto, teme la muerte y la Ley.

2.001 d.C. (en cualquier lugar): Jonathan no teme nada ni a nadie. Su padre, en cambio, teme que niñatos como el suyo se lo lleven por delante con sus motos que invaden las aceras o que le peguen una puñalada por cuatro euros (u otro tipo de moneda) y lo dejen en el sitio.

En la generación que va de don José a Pepito, del usted al tú, se perdió el miedo. Es el regreso a la barbarie medieval: la salida lógica de la democracia mal entendida es, de nuevo, el clasismo (antes feudalismo).

La religión nos mantuvo durante mucho tiempo como ángeles puros bajo la infernal idea del pecado. Antes de que Nietzsche certificase la defunción de Dios, habíamos dejado de tener miedo a las leyes divinas y empezado a perderlo por las humanas. Pero sin miedo estamos perdidos. Los nuevos bárbaros avanzarán implacables con sus huestes para terminar de destruir los cimientos de nuestros foros. Lo peor de todo es que los bárbaros (significa extranjeros en griego) somos nosotros mismos.

En la Edad Media había menos información, la cual era privilegio de unos pocos; hoy la información (la cultura) es de todos, pero pocos son capaces de valorarla y apreciarla. Sin formación, la información es paja inútil.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Los temas de un escritor no son muchos. Es decir, siempre son los mismos. Nuestras vidas son producto del cambio y la permanencia. Por eso, la literatura, que se inspira en la vida como punto de partida inicial, refleja las transformaciones del mundo a la vez que aquello que nunca cambia: lo eternamente humano.

Pero, ¿es que ha cambiado algo en “lo universal humano” desde los orígenes hasta hoy? Los hombres (y las mujeres) siguen amándose y matándose por las mismas cosas. Solo cambian las formas, pero el fondo sigue siendo el mismo.

Creo que fue Juan Rulfo quien dijo que en literatura solo existen tres temas fundamentales: el amor, la muerte... y no recuerdo el tercero. Al menos me cuesta creer que exista un tercer tema en esa lista. Rulfo fue también el que dijo que dejó de escribir cuando murió aquel tío suyo que le contaba historias, después de haber compuesto dos libros magistrales como son Pedro Páramo, novela de muertos también, y los cuentos de El llano en llamas. Quizá había dicho en ellos todo lo que quería y no necesitó prostituir su talento en la trampa del libro por año, desgraciadamente tan habitual hoy en día. En mi caso, prefiero los silencios de la escritura... o la escritura del silencio, de la pausa o la digresión sosegada entre capítulo y capítulo, sin las urgencias de la venta inmediata.

El tiempo a veces establece silencios prolongados en la literatura y en la vida. En muchas ocasiones, en la escritura, que es por naturaleza lineal, un solo punto y seguido esconde una pausa de meses, de sequía creativa que, a su término, obliga a releer lo anterior, quizá a rehacerlo, muchas veces a desecharlo. En una misma cuartilla tintas de distinto color señalan momentos diferentes en la vida del autor y, por tanto, en su literatura.

Vida y Literatura..., ¡temas tan próximos y a la vez tan extraños! ¿Cuál influye en cuál?, ¿dónde se halla el soplo original? Vivimos hoy tan deprisa, con tanta urgencia, que consumimos literatura igual que esa hamburguesa que mata nuestra hambre, una literatura light para el autobús o el metro, hecha de retales, sin sustancia, sin vida, porque en ella no priman los silencios sino el ruido, no lo callado del vivir y del pensar, sino los fogonazos y los fuegos artificiales, los cuales son producto de la prisa y del deseo de hacer un producto (horrenda palabra) de consumo inmediato. Hoy cualquiera es escritor, basta con ser mínimamente conocido por culpa de la televisión, ese destello de imágenes artificiales en el que vivimos.

Componemos miles de millones de palabras al día, leemos las palabras de nuestra tribu en un número infinito de veces..., pero apenas aprehendemos la palabra mágica, el rito de la Literatura con mayúsculas, sublime expresión de lo más profundamente humano. Preferimos llenar nuestras vidas de palabras como globalización, perfil o dinamizar, todas muy in, muy light y muy politically correct, pero vacías de alma y horribles en su forma. Son también palabras para consumir rápidamente, como las vidas de esos personajes de farándula que pululan por la pantalla de nuestro televisor. ¡Ellos son los verdaderos héroes de hoy en día y no los trasnochados personajes de antiguos novelones que nadie, salvo tres o cuatro despistados, leemos con fervor en nuestro círculo secreto! ¿A qué tanto mio Cid o Belianís, a qué marqueses de Bradomín? ¡Si ahí tenemos a ese ejemplo, a ese moderno modelo de amadores, Fulano Pascual, conocido en el orbe mundial y alrededores! ¿Fulano Pascual?, ¿que no sabes quién es? ¡Pero si está todos los días en televisión! Mira que no saber quién es... ¡Tú eres un inculto, hombre!

-Pero..., ¿qué ha hecho para ser famoso?

-Ah, pues..., salir en televisión. ¿Te parece poco?

Antes los famosos ya lo eran antes de salir en televisión, pero hoy la televisión decide quién es famoso y quién no vale un duro para que se hable de él/ella en todos lares.

Modelo de virtudes también es Mengana Zotal, operada tres veces para ponerse más pecho ya a sus tiernos dieciséis añitos, cuyo novio o compañero sentimental (más bien compañero de catre) es un ex de Pascualín, el empleado de la finca urbana (antes portero) de Mariflor Peñafiel..., sí, hombre, sí, la que canta tan...

(No sabe decirse si bien o mal, porque si sale en televisión se supone que debe cantar bien. Pues no).

Hace poco asistí a una conferencia sobre Medicina moderna. El orador afirmaba que múltiples estudios científicos certifican, de manera invariable, que la asociación estímulo-respuesta está en la base de la información sobre la salud. Esta idea del estímulo-respuesta antes la estudiaba el Conductismo (recuérdese al can de Pavlov), modelo de explicación del mundo hoy desterrado en varias ramas del saber como la Psicología o la Pedagogía –según el conferenciante-. Éste ponía el ejemplo de una pequeña comunidad del estado norteamericano de Wisconsin en la que a sus habitantes se les había enseñado a practicar una traqueotomía. Bien, pues cuando tuvieron que poner en práctica sus conocimientos sobre dicha técnica en una situación real de emergencia, nadie supo o nadie se atrevió a hacerlo, pero al llamar al servicio de emergencia supieron pronunciar correctamente la palabra dichosa.

¿Qué explica esto y qué tiene que ver con la televisión? Me temo que el lector imposible de esta novela estará asombrado por estos cambios de tema. Pues no, señor, hablamos de lo mismo. La relación estímulo-respuesta está en la base de la evolución humana –pensé yo mientras escuchaba a aquel señor bajito, calvo y con gafas, como suelen serlo el noventa por ciento de los conferenciantes-.

Así es. Estimule usted adecuadamente a un primate y será capaz de hacer que éste conozca el significado de un millar de palabras. En cambio, atonte a la plebe con millones de imágenes vanas y de discursos vacíos y obtendrá una hermosísima población de simios adocenados que serán fácilmente manipulables y alienables.

Pero que conste, lector, que yo no quiero ser portavoz moral de nadie. Solo le transmito a usted mi opinión, si es que llega a recibirla alguna vez (de no ser así, habré muerto yo o le habrá tocado a usted -o a mi novela-). Si llega a leerme, quizás le sirva, le sea útil (en el sentido dieciochesco del término) mi opinión.

Si le parecen descabelladas mis afirmaciones últimas, pruebe a transcribir uno de esos supuestos debates de la televisión. Yo lo he hecho, con el siguiente resultado:

Extracto de la transcripción de un debate televisado acerca del derecho de cada uno a vestir como le dé la real gana y quiera (horario de máxima audiencia):

PRESENTADOR: Y tú, Yolanda Desiré, ¿por qué crees que la gente te mira por la calle?

YOLANDA DESIRÉ: No sé (responde oculta tras un poncho mexicano de mil colores chillones)

CRISTIAN: Pues a mí me da igual la gente, tía, ¿sabes? Yo visto como me sale de ahí, ¿sabes? Y además, que les den a los demás, ¿sabes?

YOLANDA DESIRÉ: Pues mira, tío (alzando la voz): yo visto como me da la gana y no tengo que insultar a nadie. Además, ¡estás horroroso con ese piercing!

CRISTIAN: ¡Oye, tía! ¡No me grites!, ¿sabes?

YOLANDA DESIRÉ: ¡No grites tú, tío!

[Dos horas después]

CRISTIAN: ¡Vete a la mierda, tía!, ¿sabes?

YOLANDA DESIRÉ: ¡Pues anda que tú...!

Sirva este interesante coloquio de ejemplo de la gran profundidad a la que llega la televisión cuando trata temas de tamaña importancia metafísica.

Y con estos discursitos se pasa el tiempo y se forman generaciones enteras de espectadores/as lobotomizados/as, cuya máxima y errónea aspiración es convertirse en el imbécil con suerte que vende su vida, imagen y dignidad por algo tan burdo como el dinero.

Pero, ¿qué diremos de los futbolistas, esos nuevos gladiadores, esos modernos infanzones que, desde cunas humildes escalaron la cumbre de la fama a lomos del dorado metal? Sus hazañas son hoy ejemplos de costumbres para las nuevas hornadas de jóvenes. Los bardos que ensalzan sus gestas, esos locutores que tanto éxito tienen (aunque no entre los académicos de la Lengua, desde luego) escriben, sobre la base del viejo verso heroico, la historia inmortal de la batalla del balón. Veamos este fragmento del Cantar del Mundial:

Allí habló Pepín, bien oiréis lo que dijo:

-Si tú me tiras del pelo, yo te tiro del p..., pero ¿qué se puede hablar de fútbol que no sea dentro de los noventa minutos de cada partido?

A tenor de lo que vemos cada día, se puede hablar mucho y en serio. Existe incluso una Filosofía del Fútbol, con sus catedráticos y todo, los cuales acuñan máximas universales como: el fútbol es así, en el campo son once contra once, el que perdona pierde, a veces entra la pelotita y otras no, y otras perlas del mismo estilo.

Las crónicas futbolísticas se hinchan de epítetos épicos, de verbos de lucha y combate, de guerreros o cronistas -juglares- a pie de césped o a pie de campo (aún no he escuchado a pie de árbitro, pero todo se andará).

Ésa es la verdadera literatura de hoy, la de los campos de fútbol donde, cada domingo, una vocinglera multitud intenta acallar a voz en grito el vacío existencial del ser. Sí, existe una filosofía del fútbol: es el deporte en su máxima expresión, un juego de contrarios que disponen el ataque, organizan la defensa y luchan denodadamente por solo una metáfora, una imagen, un leve rastro de aire dibujado por una pelota que es eterno rostro de la vanidad de los afanes mundanos. Al final, como cada domingo, el olor a habanos y a pipas rancias apenas disimula el hondo caos, el vacío sin fondo y sin límite de la portería desolada.

(Otra vez pienso en temas tétricos. Tendré que reciclarme o morir como escritor)

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